miércoles, 19 de abril de 2017

Scream, Blacula, Scream.

A falta de ver la primera entrega me quedo con esta segunda, que la pude disfrutar en gallego gracias a Os Arquivos da Meiga. Es una versión con calidad aceptable y buen audio. Dual castellano-gallego, aunque el este segundo tiene unos minutos en castellano, que tampoco rompe demasiado el ritmo aunque llame la atención. El título que deseaba y sigo deseando visionar es el primero en aparecer. Habrá que seguir buscando para conocer en profundidad los orígenes de este vampiro negro, príncipe él en el siglo, y ahora bestia chupasangre que supone el azote de una maldición a la que se le ve difícil remedio.
 

El director, Bob Kelljan, no era la primera vez que se enfrentaba a ponerle cara y colmillos a un vampiro. Comenzó con dos películas sobre el conde Yorga y luego se metió a esta segunda sobre el Drácula negro, Blacula, en un momento en que se sucedían títulos donde la cultura negra, afroamericana, tomaba más y más espacio, no siempre para bien, en los metros y metros de celuloide que se usaban cinematográficamente. Es 1973. Desconozco el desarrollo de la primera entrega porque todavía no he tenido ocasión de verla pero lo que es esta adolece de una falta de ritmo; hasta los mismo personajes andan un poco a su bola, por allí. Lo bueno es que todo sirve a poner a Blacula bien en su sitio, como el centro de la trama. Es aparecer él y los demás se esfuman en un mundo donde su existencia semeja un simple ir de fiesta en fiesta y asombrarse del mal que se eleva a su alrededor.

Claro, así mejor no hacerse ni muchos encariñamientos ni expectativas. ¿Que la cosa comienza con el tema vudú relacionado con una pequeña congregación? Pues pequeña será la atención que merezca. ¿Que hay una venganza en curso? Poco le dura al chaval el plan cuando llega otro mayor que él y le cambia la vengaza por sumisión. Blacula ya es otro cantar y tiene su peso y tratamiento buenos durante el filme. El vudú quedará como un punto de magia al inicio y al final, perdiendo fuelle y desapareciendo casi entremedias. El medio donde los personajes se mueven es el de la ciudad, en ambiente culto y de cierto lujo. Así pasan de una fiesta a otra, aunque es de reseñar que no se reducen a simples encuentros sociales para beber y bailar, que también, sino que suele aparecer un componente cultural, por ejemplo, la exposición de antiguos objetos africanos. Blacula, que no desdeña ni la ciudad ni sus reuniones festivas, se mueve tranquilamente entre los asistentes y hasta participa en conversaciones, dando idea de su saber, y con muy buenos modos además.


Sus ademanes y lenguaje no le denuncian como un ser venido de lejanas tierras. La música no nos traslada a tenebrosos escenarios de noche y suspicacia. Todo parece seguir un ritmo fluido de cotidianeidad, de continuidad, por mucho que el vampiro no haya nacido allí, aunque sí renacido. 

La cosa es que un conjunto de personas, seguidoras del rito vudú, están desoladas por la muerte de su anciana matriarca. El hijo pretende, haciendo ostensión de su consanguineidad, ser el dirigente de la comunidad pero muchos se oponen, pidiendo que sea Lisa, una joven muy cercana a la anciana difunta, quien los guíe. De este rifirafe surge la venganza y opta, para ello, por un poderoso ritual de sangre que le dé poder destructivo. De sus plegarias aparecerá Blacula, ya compuesto y vestido, que se levanta como dueño y señor, balanceando a su favor la situación. A partir de entonces, vida social y víctimas, hasta que encuentra a Lisa y le confiesa su maldita existencia, pidiéndole que lo exorcice por medio del vudú. Lo que parece una sincera petición se va al garete cuando la policía entra en acción e interrumpe el ritual sanador.


Estas películas no estaban para dar fe de la cultura ni iniciar un diálogo profundo con la sociedad pero sí transmiten algunos detalles que quizás llamasen la atención a los interesados por otros mundos que en este están. Así, aparece el vudú que tanto sirve para llamar a la vida a los muertos como para controlar el espíritu de maldad que posee a alguien hasta el punto de transformarlo en un asesino. Los creyentes en esta religión aparecen como marginados y relacionados con delitos y ritos de sangre, de tal modo que los blancos que saben de ellos los marginan y hablan pestes de su fe y celebraciones, aún sin saber bien de qué hablan. 

Una congregación pequeña es la protagonista de los primeros minutos, cuando se ven en el trance de escoger a su dirigente litúrgico, tras la muerte de su anciana sacerdotisa. Frente a una transmisión sanguínea del cargo aquí se aboga por una elección entre los miembros, viendo como natural que la elegida haya sido una persona especialmente cercana a la anciana difunta, en sintonía con sus enseñanzas y vida. Esta trama, como la subsiguiente de la venganza por parte del hijo que pretende dirigir el cotarro le pese a quien le pese, acaba desapareciendo. El vudú y su relación con Blacula no, siendo motivo de su regreso y posibilidad de su redención. Ambos puntos traen a colación a los dos posibles candidatos a papa o mama de la congregación. Uno, el hijo de la difunta, es el que abre el mundo de los vivos a la acción de aquel vampiro que había muerto. Otra, la discípula de la anciana, es la dotada que puede sacar a Blacula el espíritu de maldad que le empuja a matar y beber sangre humana.


Si la cara es espejo del alma, nuestro vampiro de color tiene dos, emergiendo en personalidades que conviven en un solo cuerpo que cambia las facciones de la faz según quien prime. Así, en su manifestación bestial, la cara adquiere una apariencia salvaje, con pelo abundante y los colmillos sobresalientes. En su cotidiano pasar, el otrora príncipe Mamuwalde, es un refinado hombre, afeitado a excepción de su bigote, son una dentadura perfecta y la sonrisa natural. Su relación con el mundo pasa por la comunidad negra, para bien y para mal. Lo mismo vampiriza a una bella hermana que pide desesperadamente ayuda a otra. Igual traba conversa con interesados en el arte africano antiguo que le da una paliza a un par de chulitos que vienen a desvalijarle. Los blancos que le toca aguantar son de la policía. De hecho, creo que son los únicos blancos que aparecen: los relacionados con los cuerpos de seguridad locales, gente que mira mal a los negros y sus ancestrales cultos, básicamente porque no los conocen ni a uno ni a otro.


Siguiendo con la cara, mala es la que le ponen a los neófitos blaculíneos, negros pálidos que a veces andan como zombis, lejos de la arrogancia y vitalidad del príncipe africano. Mantienen el porte y las vestiduras de su vida humana y pueden hacer vampiros a otros medianto su venenosa mordida pero parece que la descendencia no consigue la plenitud del primer vampiro negro. Y una cuestión: ¿de dónde sale el encapuchado vampiro del final?

Esta parte es un, hasta divertido, cúmulo de despropósitos o detalles curiosos, más allá del citado vampiro desconocido encapuchado. Claro, el vampiro a madera muere y qué mejor arma casera que un montón de estacas que deberían estar en la valla de la mansión. Más divertido es escuchar al policía decir que todo aquello parece una tontería.

Y Blacula grita, grita en los estentores de su agonía que, imaginamos, le lleva a la muerte pero no al descanso, por mucho que no haya regresado a las pantallas. El vudú, que se muestra como una cura a su maldición, no resulta efectivo contra las pocas miras del ser humano sometido a presión. El vampiro queda a un paso de la redención, tras confesar que parte de su vida pertenece al descontrol, a la bestia que Drácula inoculó en sus venas sedientas de sangre (a lo largo de la película las rellena con sangre de hombres y una sola mujer). Ahora encuentra una sacerdotisa vudú que rechace el mal y se lo niegan... 





La imagen de su persona, único reflejo que puede permitirse además del de su sombra, lejos del silencio que le devuelve el espejo, es la llave de su muerte dolorosa e infame.  

sábado, 1 de abril de 2017

San Benito do inverno 2017. O Rabiño.

Una de las fiestas más importantes de la contorna es la de san Benito... o las de san Benito, pues dos son. Una es la del invierno, recuerdo del aniversario de la muerte del santo abad. La del verano es el de la traslación de sus restos. A nivel de Iglesia universal, el Calendario litúrgico-pastoral nos marca solo la fiesta del verano, el 11 de julio, aunque años ha, la que estaba en sus páginas era esta del 21 de marzo. Ya ves, le decimos san Benito do inverno y es la primera de la primavera. Mucha gente sigue considerando esta fiesta como la de más gente y menos folclore.

Según leo en un cartel informativo, al pie de las escaleras que llevan al diestro y cementerio, el actual templo es del s. XVII y el Humilladoiro es del XVI. En el sitio del cartel solía ponerse un puesto de rosquillas el día de fiesta pero con el tráfico que hay, el lugar no es nada bueno. Lo que me recuerda que antes el tráfico se gestionaba. Esta vez no vi ni a un solo voluntario o miembro de las fuerzas policiales para organizar aquello un poco. Y bien que antes, con don Delmiro, estaban. Su labor es magnífica, pudiendo controlar un tanto el ir y venir de coches y así permitir que el fiel aparque más o menos cerca del santuario.


La gente acude desde primera hora y es recordado un grupo de Sande que siempre venía, yo al menos los recuerdo en la del verano. En Louredo recuerdan que las campanas de nuestra iglesia parroquial tocaba, aún de noche, y allá bajaban a la Misa matinal o a la fiesta, los esforzados louredeses que eran devotos del santo monje. También bajaba, para presidir la Misa, el párroco don Esteban Viso. Hoy ya no se tocan las campanas pero hay gente que sigue bajando durante la novena. Esta se reza en las dos Misas diarias: una de mañana y otra por la tarde. Tradición que ya tenía don Delmiro y mantiene don José Ramón. En tiempos de don Esteban imagino que solo habría una matinal. 


San Benito fue matriz de san Juan de Louredo hasta mediados del pasado siglo. Más atrás, parece que también de Cortegada o que era su parroquia. Esto queda en el aire hasta que lo investigue y pueda decir algo con peso documental. Nuestro cementerio parroquial sigue en O Rabiño y alguna que otra vez hay algún vecino que ya celebra allí Misa de funeral y entierro. A la mayor parte nos sigue gustando lo que es de justicia: celebralo en Louredo y que nos lleven luego a la tierra bendecida de la antigua matriz. El cementerio rodea la iglesia y cubre casi todo el diestro. También hay un par de niveles que están a menor altura que la entrada a la iglesia. 


Detrás de esta hay una zona arbolada que funciona como aparcamiento y, allí, el templete que protege uno de los pocos cruceiros cubiertos que conozco. Cruceiro que tiene las tradicionales dos caras con el Crucificado y la Madre en cada una. El templete es de piedra y en cada uno de sus lados, en lo alto, tiene unas inscripciones que semejan jaculatoria. Cierra sus vanos un enrejado digno, que cambia aquella vieja y destartalada faz que antes tenía de tapias de madera.

Le llamamos o Humilladoiro y algunos crecimos sin saber bien su origen ni significado, oyendo que allí se había llegado, o podrían haberse dado, a realizar autopsias. El antedicho cartel informativo dice que es lugar de parada para el peregrino. Recuerdo malamente que allí se vendían o se guardaban ex votos de cera, con formas de cuerpos o partes del mismo. A un paso está el caminito que sube hasta Soutelo, pasando por A Granxa, lugar semiabandona ahora que fue casa de la llamada virgen o santa o bruxa Conchita. Tenía esta familia una capillita llena de santitos que vi una vez...


Llegamos para la Misa de onde el día de la fiesta. Presidía don José López Gil, sacerdote ordenado en 1952 y bastante conocido en los alrededores. Que yo recuerde tiene dos novenas en su autoría, la última con Motivo del no lejano Año Paulino, la otra dedicada a la Virgen del Pao. 


Y delante de su casa en Celanova han plantado una preciosa imagen de la Sagrada Familia, recuerdo de emigrantes. En su homilía dijo entre otras que...

San Benito ha sido un hombre realmente extraordinario. Es uno de los santos más populares, fundador de conventos, de monasterios y de comunidades cristianas.

Es un santo muy popular, querido. ¿Por qué? Porque además de ser un hombre que llevó la gente hacia Dios, Dios se valió de él para hacer muchos milagros a los seres humanos y llevarlos a la salvación. Y no solamente eso sino que hizo muchas comunidades de cristianos que, viendo su vida, tan cristiana, tan amigo de Dios, llevó a millones de gente a la salvación.

Todo santo, si lo tenemos delante, nos dice algo.

Lo importante es lo ordinario, la comida de cada día. Y para el cristiano lo importante no es venir el día de san Benito y yo escucho dos o tres Misas, rece todo lo que pueda y deba y después me olvide de Dios, de mi salvación. Esto no es válido. San Benito no quiere que vayas por ese camino.


Misa, encuentros y charlas con familia y conocidos, comida en casa y una tarde que, bien aprovechada, os la cuento en un vistazo. Y no saqué fotos de todos los sitios donde estuvimos pero algunos detalles dejé por escrito y fotografiado en @undelouredo.

 

Petroglifos en Valongo, pretiño do tanque de auga. Metidos entre a maleza, non lonxe do camiño forestal. Menos mal que meu irmán ten práctica e flogo abriu camiño cara eles.



Son coviñas e círculos concéntricos. 


 


 
 












 A capela de san Xes, en Francelos, con restos prerrománicos que disque estarían no interior do templo pero hoxe son parte da fachada e laterais.





 Peto de ánimas na entrada do diestro da igrexa de San Paio, Ribadavia, sobre o Miño. Tamáronnos a atención algunhas lápidas ben antigas con símbolos como cruces en círculos e corazóns.