jueves, 21 de julio de 2016

La edad dorada, de John C. W.

No recuerdo ahora mismo cómo llegó esta novela a mis manos, pocos años ha. Casi seguro fruto de un curioseo en la pasada edición de feria del libro usado y antiguo, en Ourense. Quizás en una compra pontevedresa, tras recorrer su pétreo casco viejo, en una pequeña y aprovechada librería de suculentos títulos. Si ha sido un regalo, ups, lo siento no recordarlo, jeje.
 
Por lo leído, es la opera prima de un escritor norteamericano que se dedicó a la abogacía y el periodismo. Y es la primera parte de una trilogía que publicó en dos años. Al año siguiente de rematarla ya la teníamos en España de la mano de Bibliópolis, lo cual es de agradecer. Estábamos al inicio de la pasada década del 2000 y a día de hoy no sé si ha publicado algo nuevo en el mundillo de la ciencia ficción, tras su trilogía de fantasía épica.
 
La novela nos lleva lejos en el tiempo, a un futuro lejano pero en lugar próximo. En la indeterminada Séptima Estructura Mental, acercándose al fin de un milenio, fecha que se celebraría con la denominada Trascendencia; festividad milenaria que marca un antes y después en la evolución, más o menos dirigida, de la humanidad. El sistema solar ha sido modificado mediante potentes obras de ingeniería que pretenden organizarlo para sacarle todo el jugo posible para satisfacción de la humanidad. O de parte de la humanidad. Y es que la mayoría vive en un estado de bienestar más o menos alargado, mientras que una minoría sobrevive, porque así lo eligieron, en medio de dificultades, lejos del Sol y de la Mentalidad que podría asegurar su inmortalidad. En torno al sol florece una humanidad que es como dios, capaz de grandezas y proezas sin par. Llega al punto de modificar órbitas planetarias, encender el planeta Júpiter para tener un segundo sol, adaptarse a distintas formas físicas y mentales, crear un mundo virtual donde replicarse y relacionarse a distintos grados de sensaciones,...
 
La cima tecnológica y de paz que se vive lleva a los dirigentes, a los Pares y el Colegio de Exhortadores, con la ayuda de potentes inteligencias mecánicas (sofotecs), a decidir un futuro de calma y disfrute para los siguientes mil años. Si se está en lo alto, se piensa, quedémonos. No busquemos nuevos problemas cuando ya hemos apostado a lo grande y conseguido impensables éxitos. Los nuevos humanos son inmortales y las máquinas buscan su tranquilidad y deleite. Si alguna vez hay que "juzgar" a alguien que se desvía de lo general lo que se hace es animarle a las virtudes y posibilidades en que ha crecido. Y es que los delitos no existen, las inteligencias sofotec buscan que el hombre viva sin hacerse daño a sí mismo y los juicios, tal como hoy los entendemos, no existen. Si alguna vez, un caso perdido en el océano de los siglos, sucede algo tremebundo y fallan los sistemas normales de convencimiento, se despierta al último soldado y verdugo viviente, Atkins, reliquia de tiempos alejados en la memoria.
 
Todo parece marchar bien... lo dicho, parece... Entre los miembros importantes de una de las casas señoriales con más influencia, Radamanto, el hijo del patriarca enciende vivos debates. Él no recuerda, pero se le atribuyen "hechos de renombre sin par" dignos de condena y olvido. Y así, al inicio de la obra, le iremos descubriendo como amnésico en lo concerniente a más de un par de siglos de propia existencia. Una línea clave del libro es la que nos lleva a descubrir qué fueron esos actos, por qué se estableció un olvido acerca de sus obras (en parte), qué se le echa en cara desde altas instancias, por qué algunos seres le buscan e incluso le aportan datos para que recuerde. Lo cual no es fácil porque prometió olvidar. Una edición de recuerdos y pensamientos que ha llevado a su mujer a un estado de coma, inmersa en un permanente y plácido soñar. Faetón, hijo de Helión, es un hombre (con siglos de vida) dedicado al disfrute de su status, despreocupado de la vida en medio de una gran celebración festiva, que irá recordando y atando cabos.
 
El nombre está bien escogido para representar su arrojo, valentía, orgullo y defensa del honor. Encontramos la base mitológica en el gran poema latino de Ovidio, Metamorfosis. Una amplia obra de XV capítulos que recoge historia y mitología, sin resabios de devoción religiosa, con divulgación filosófica incluida. Al inicio del Libro II se cuenta la historia de Faetón, hijo mortal de Febo (el Sol) y Clímene. Marcha el mozo en busca de su presunto padre para presentarse como vástago y conocer la realidad de su filiación. El Sol no niega su paternidad y se alegra sobremanera de conocerle. Hasta tal punto que le ofrece lo que sea como prueba de reconocimiento. Dice "Ni tú mereces que yo reniegue de ti ni Clímene mintió respecto a tu nacimiento. Y para que no te queden dudas, pídeme el regalo que desees y yo te lo daré. pongo por testigo de mi promesa a la laguna por la que juran los dioses, que mis ojos nunca han visto". Error. El joven pide conducir el carro solar, trabajo ímprobo incluso para el dios Febo. Este intenta de mil maneras quitarle la idea de la cabeza, sin resultado. Bueno, con el resultado de que el hijo se sube al carro y desde el inicio las cosas van mal para el inexperto auriga. Podría ir peor de no actuar Júpiter, que le saca las castañas del fuego con un certero tiro de rayo. Aunque todo queda hecho unos zorros, llora el padre Sol y aquel día no sale refulgente, quedando la Tierra iluminada solo por los incendios provocados por la alocada carrera sin freno de Faetón al mando de los desbocados cuatro caballos solares. De nuevo, en palabras del poeta, "El largo Erídano lo recibe en sus aguas, en un país lejos de su patria, y lava su rostro humeante; las Náyades de Occidente dan sepultura a su cuerpo abrasado por la llama de tres puntas, y graban este verso en su lápida: Aquí yace Faetón, auriga del carro de su padre, y, aunque no supo guiarlo, cayó en un grandioso intento". 
 
Como el mitológico, el novelado es un hombre que piensa y proyecta a lo grande. Su última idea, la olvidada, es la salida a las estrellas, en un viaje de colonización sin antecedentes que pueda llevar a la humanidad a los despoblados espacios estelares. Digo sin precedentes pero hay que matizar que una vez se intentó y hasta se cree que alguna comunidad humana pudo prosperar en el frío y solitario espacio, cerca de una estrella. Lo único que sabe faetón es que más allá de una baliza situada a 500 UA no detecta signo alguno de civilización. Él sabe que la humanidad, que la misma vida, pide expansión y nuevos territorios. Cuando sea reprobada, de nuevo, su idea, so pena de futuras guerras con las comunidades lejanas, elegirá un futuro de esfuerzos y penalidades en lugar de nuevos placeres y calma, una calma cercana a la del cementerio.
 
Pero hay mucho más. Dejemos las preguntas en el aire: ¿hay vida más allá de la Ecumene Dorada? ¿Hay inteligencias tan poderosas como para editar pensamientos y repartirlos a todo el mundo, que oculten un ataque a la tranquila humanidad? ¿Puede un señorial sobrevivir sin el apoyo de una riqueza que soporte sus gastos? ¿Es el padre de Faetón quien dice ser o una versión distinta de su personalidad?
 
 
La novela se lee bien, aun con largas escenas donde nuevos conceptos y preguntas se abren paso, en medio de debates y confrontaciones lógicas que abren mil posibilidades y desarrollos. El ambiente discurre entre un mundo virtual donde uno puede modificarse de mil maneras distintas, autoeditarse y replicarse, ser inmortal si tiene suficiente tiempo informático, y el mundo real de una Tierra nueva, rodeada con un gran anillo habitable, unido al suelo por ascensores de kms de longitud. Esta idea la oí por primera vez cuando un locutor repasaba la vida de Nikola Tesla, el inventor de tal ingenio. Poco más de 300 páginas inauguran un universo donde realidad física y virtual se dan la mano y los actos en una pueden afectar a la otra. Un mundo de posibilidades técnicas que rentabiliza cualquier materia y antimateria capturable pero pierde el sentido de la aventura y la expansión en busca de novedades. Un elenco de personajes que según hablen y actúen pueden hacer que nos decantemos por ellos o les odiemos en el cambio de una página.