martes, 19 de julio de 2016

Santa Mariña 2016.

Cuadran este año en lunes tres fiestas patronales con las que estoy, de alguna forma relacionado. La primera fue la de san Benito. Años ha, antes de la última reforma parroquial diocesana, era la iglesia matriz de Louredo, teniendo incluso hoy todavía allí nuestro cementerio. Actualmente, Louredo ya no es anejo sino parroquia. La siguiente fiesta, a siete días vista, es la de santa Marina, mártir gallega nacida en algún lugar de A Limia y martirizada cerca de Allariz, en el lugar donde hoy se levanta el precioso conjunto de Augas Santas. La tercera fiesta, por venir, es la de Santiago, patrón de Cortegada de Baños, sede municipal.
Este año no tuve noticias pero suele festejarse a santa Marina (o Mariña) en una capilla sencilla, de una sola nave y con el altar pegado al retablo, en el pueblo de Soutelo, cercano a Louredo. De siempre hubo novena y Misa, con tiro de fuegos artificiales, amén de fiesta con su sencilla procesión en torno al templo, música, verbena y churrasco que degustar con los vecinos. Una cosa que recuerdo de cierta fiesta fue que esa noche coincidía con el choque del asteroide Shoemaker-Levy 9 con el planeta Júpiter, noticia estos días por la llegada a su órbita del satélite Juno de la NASA. No supe, como escribí, nada de lo organizado para ayer si es que hubo. En familia fuimos a Augas Santas, llegando a la hora de la procesión.

Dentro de la iglesia, un ambiente de calma, casi silencioso, lo cual es de resaltar favorablemente. Varios fieles iban al camarín donde se supone el enterramiento de la mártir, situado a la derecha, no lejos de la entrada. Cercado como está, los devotos lo rodeaban con una o varias vueltas, llegando a tocar con las manos o un pañuelo la imagen representativa. Al tiempo, gente sentada, gente fuera del templo, gente preparando la procesión, portando estandartes. El sacerdote apenas se hacía notar mientras revisaba las posiciones o impartía órdenes para mejorar los puestos. La iglesia es grande, con sonoras campanas, y digna de observar en su arte. 
El techo conserva filigranas en la madera, dando la impresión de un trabajo realizado al milímetro y destinado al asombro y recogimiento del contemplador. Un rosetón de colores brillaba en lo alto, concediendo dinamismo y esplendor al suelo y las columnas. El espacio interior es amplio y permite la expansión del espíritu inquieto por las divinas realidades. Si no ha cambiado, en la zona del presbiterio hay un cristal que protege y enseña parte del suelo original de la construcción. Y si no es el original es antiguo. Un altar lateral esconde pinturas, de las que me había informado el anterior párroco, que en paz descanse.
El paseo en familia continuó por la visita a la capilla de san Tomé, a un paso de la iglesia, en cuyo interior se conserva un mural con el momento del martirio de la santa, cercenada ya su cabeza. También está allí un pozo con agua, de la que se sirven propios y extraños al sacarla con un regio cubo allí disponible para tal menester. La tradición habla de hasta tres fuentes que surgen al contacto de la cabeza decapitada de Mariña, cuando esta toca el suelo. Claramente, el fenómeno no es completamente real ya que las distancias entre fuentes son considerables, en términos de salto de cabeza.
Pero ahí queda el dato, como queda en la historia del martirio de san Pablo en Roma, también él decapitado. Una vez más se une en nuestra tierra meiga el agua y propiedad curativas relacionadas con un santo. A todo esto, visitamos la fuente que está al lado de una viejo árbol, quedando la tercera en el misterio de saber de ella y su localización. Es lo que tiene andar con el tiempo justo y los reflejos apocados.
En esta segunda fuente hay a disposición de los creyentes y curiosos una taza metálica con la que tomar agua fresca de alguno de los potentes caudales. Agacharse toca si quieres probarla. Como en la anterior, se habla de milagros relacionados con la salud al contacto del líquido elemento.
No hay que ir luego muy lejos para preñarse de historia.
Puedes ir andando o en coche hasta el pueblo de Armea (yo siempre pronuncio Armeá, pero vaya usté a saber). Allí hay un petroglifo a plena luz del día y de los ojos que bien lo estudien, formando parte la piedra que lo contiene de un muro de viña.
No lejos sino a un paso puede dejarse el coche y caminar. Un caminito te conduce directamente a un yacimiento hoy en día a plena luz, acechado por la maleza, con sus carteles informativos intactos y legibles. Monte do señorín, le dicen, lugar descubierto por un vecino del pueblo al que le llamó la atención la forma de algunas piedras.

Y es que la naturaleza no usa en ellas de la recta, así que si uno se la encuentra pueda sospechar, con fundamento, que la mano del hombre ha pasado por allí. Están algunas piedras talladas como escaleras o hasta bancos y pías; los que saben interpretan el lugar como dos grandes casas diseñadas sobre la ladera del lugar. Un ejemplo de adaptación habitacional al terreno.
Desde estas ruinas se continúa por el camino de tierra y hay un momento en que se ha de tomar a la derecha, no continuar adelante. Ojo al nuevo terreno, que si no cambia demasiado el ambiente verde del monte, sí se trasmuta la naturaleza del suelo que pisas. Como bien advierte un cartel, estás en una vía romana, secundaria, vale, pero romana. Un apoyo a la conocida Via XVIII. Un detalle más de la visible presencia romana en la zona, añadido a la forma cuadrada de las construcciones descubiertas.
Una vez más bajamos al subterráneo de la inacabada basílica, lugar denominado forno da santa. Un poco de prisa y falta de espacio en la tarjeta del móvil me impidió comprobar si andaban en la zona más oscura un murciélago y una araña, bichos con los que me he cuadrado en un par de ocasiones y que parecen morar allí tan anchos. Hay dos puertas para bajar a este espacio iluminado por un vano a ras de suelo.
Una puerta está coronada con una cruz grabada en la piedra, cerrada a cal y canto. La otra puerta hay que tomársela con precaución, pues los escalones son altos y húmedos. No sé por qué pero creo que la otra opción era mejor para bajar. Aquí han tenido que colocar un trozo de madera que hace el descenso factible y con garantías de éxito. No dejes de fijarte, si bajas, en una marca que se repite en la parte alta de la escalera. Abajo, en medio del sonido relajante del agua y con una temperatura que animaba a no regresar a la tórrida superficie, todo parecía igual que la última vez.
El tour sigue con la pasada al lado de grandes piedras graníticas, que seguro supieron de leyendas sobre mouros, llegando al carballo de la santa. Es un lugar dominado por un gran roble, plantado allá por mediados del pasado siglo. Y no es el original. Había otro antes, hendido por la fuerza de un rayo, del que cuentan que el cura quiso hacer leña y que una tormenta decidió quien mandaba en el árbol que, como los pájaros, no caen sin que el Creador lo permita. Nuestros pelos, como sus ramas, están contados. Hete aquí un recinto murado con piedras que contiene el árbol y dos pías con agua. Siempre con agua, lo cual algunos ven como una especie de milagro.
Sigue la senda, está marcada a la derecha, y son unos pocos minutos los que te llevan a una reciente excavación. Allí estaban en plena faena jóvenes de varias universidades, de Vigo, Santiago y Jaén. Excavan y excavan, registran y publican notas en un blog donde poder saber más de sus trabajos y estudios. Dos de los investigadores, un chico y una chica, nos ofrecieron información y detalles a tutiplén. La charla con ellos, gracias a mi padre que se acercó, fue instructiva y amena, lo que acerca mucho su ciencia al público. Da gusto contar con gente así, capaz de deslomarse unas horas para desenterrar historia y luego presentarte sus conclusiones o teorías de forma que lo entiendas.

Me atrevo a un resumen de lo hablado. Primero, lo teórico sin investigar. Y es que el lugar podría ser un castro, situado en lo alto de la elevación. No hay catas pero se supone su existencia.
Lo sí excavado: una ciudad romana de la que van apareciendo calles, casas, restos de cerámica,... Hasta ahora van ya cuatro casas. Una calle separa algunas y, en un tramo, hay una piedra con unas formas curiosas que se deben a la erosión, aunque al principio se valoraron varias posibilidades. Entre dos casas hay un exiguo espacio de separación repleto de tierra, piedras pequeñas y tegulas. Quizás fuese un espacio por donde discurriría el agua de la lluvia o aguas menores, basura y restos de construcciones. En una casa cercana también aparecieron restos, escoria de hierro, lo cual se cree que puede ser el fruto de reparaciones caseras. Un pequeño horno donde repasar aperos de labranza, por ejemplo. Nada "industrial". La ciudad surgiría en los primeros siglos de nuestra era,  conocería una cierta estabilidad y sufriría un proceso lento pero continuo de abandono. Un tanto como pasa hoy en día con nuestros pueblos: la gente envejece y hay un traslado a villas o ciudades cercanas. En nuestro caso sería Allariz el centro de atracción. Preguntados por algunos paralelismos con los restos de Santomé, en Ourense ciudad, nos informaron que hay algunos pero no son tantos. Entre otras diferencias tenemos la forma de los muros, cuadrado aquí (romanos) y redondos allí (influencia de los nativos, "celtas"). La conversación fue un momento magnífico de relax e instrucción. Muchas gracias, chicos.
La mañana terminó en comida familiar. Y sacarle una foto a una patatera que sube dos metros desde el suelo. Fruto de alguna patata solitaria o caída por descuido, creciendo sin competencia y quedando seguramente sin fruto.
Por la tarde, nueva inmersión en la arqueología. Esta vez a un paso de casa. Bajando de Louredo a san Benito, saliendo por O Pazo, entre los montes comunales y privados, a un lado de la carretera, hay una piedra que no llama la atención. Sobresale su parte superior un poco del suelo y allí se ven dos filas de tres "herraduras". Según mi hermano, Fermín Bouza Brey la identificó hace años y dejó constancia de ese petroglifo. Actualmente, se ve, a mayores, una V, lo cual significa una incursión posterior. La misma erosión no afecta por igual a todos los grabados en la piedra.