lunes, 11 de julio de 2016

Cómo redactaría una novena.

En muchos lugares de la geografía ourensana se celebra hoy la fiesta de san Benito. Aglomeraciones de fieles y curiosos coparán a estas horas las iglesias y atrios de mucas parroquias, en un ir y venir que llenarán los templos durante las misas que se celebren. Algunos aprovecharán para confesarse y comulgar en gracia. Quizás por la tarde aún haya quien tenga ocasión de alguna misa con buena afluencia de pueblo. Y ojalá la gente comprenda que es partícipe del santo sacrificio y no mera espectadora de la acción sagrada del sacerdote.

Si vas a alguna de las iglesias donde se celebra puede que escuches que este es el san Benito del verano. Lo cual lleva  a preguntarse si hay otro. Y es que lo hay. En palabras del pueblo, está el san Benito del invierno. Dos fiestas que se repiten en varios lugares. ¿Qué dice el Calendario Litúrgico, el calendario oficial de la Iglesia católica? Que a san Benito se le venera hoy con fiesta, no hay otra. ¿Y esa duplicidad? Pues corresponde a la anterior situación, anterior al Concilio Vaticano II digo, en que se celebraba (como suele ser lo normal) la fiesta el día de la muerte del santo abad. Posteriormente, en tiempos de Pablo VI, se reforma el Calendario y su fiesta pasa al verano, al 11 de julio, rememorando una traslación de sus restos. Tiene más sentido la anterior fecha (como casi todos los santos: se recuerda el día de su muerte, su dia natalis) pero si uno quiere dejar la Cuaresma con las mínimas fiestas y solemnidades el cambio cobra sentido. En muchas ocasiones no se entró por el aro y a día de hoy tienen las dos fechas como festivas.

Puede que en todas, o la mayoría, de localizaciones se haya preparado esta fiesta con novena. Esta es una devoción, es un ejercicio piadoso que puede realizarse en privado o en público, refiriéndolo a santos reconocidos por la Iglesia. Tomando nueve días para entrar en contacto con su vida y la gracia divina, uno puede ir cambiando, meditando, convirtiéndose, descubriendo así que la santidad no es cosa de un día pero sí de todo bautizado. Rezar la novena, dejarle unos instantes para que nos remueva y transforme, es descubrir la procesualidad de la conversión, la dinámica de la vida en gracia.

Pues bien, ¿cómo redactaría yo una novena hoy? ¿Cómo la veo ejecutándose en el templo? Tras mis experimentos en el tema, con algunas publicaciones ad usum privatum te digo que la haría así, en líneas generales:

1. Saludo. O el usual En el Nombre del Padre... o el usado en el Oficio Dios mío, ven en mi auxilio... El primero es muy conocido y utilizado. El segundo no tanto y quizás valga la pena introducirlo para que la gente conozca parte de la riqueza oracional de la Iglesia. También, al ser desconocido, llamará más la atención y quizás ayude a la concentración.

2. Himno. Una alabanza a la santidad divina y a su atención por nosotros. Festivo y místico. Yo buscaría uno trinitario, centrando el protagonismo primero en Dios y haciendo esta definitoria declaración de fe en el Dios de Jesús. Si no, un himno propio o común sacado del Oficio Divino. En su expresión sería magnífico poder cantarlo entre todos o, si fuese el caso, poder sostenerlo gracias a un coro y que el pueblo cantase el estribillo. Dios como protagonista aquí, poniéndonos en su Presencia, alabándole, dándonos cuenta que Él es origen, camino y meta.

3. Oración litúrgica. Sacada del Oficio, ya sea propia ya del común.
 
4. Cuatro estrofas del salmo 50. Aquí la gente habría de sentarse cuando se rece. Es un salmo penitencial. Tras la alabanza festiva vendría un ratito para pedir perdón. La novena debería llevar a la conversión, viendo el ejemplo de alguien como nosotros, redescubriendo la potencia del amor divino. Gracia y voluntad. Por eso metería cuatro estrofas del salmo. Esto permite que la gente lo conozca y repita. También que se rece a dos coros (habiendo fieles suficientes). Y se da a conocer una forma de penitencia y oración. Contrastará con los ritos iniciales por su sobriedad. Pasamos del canto festivo que mira a Dios a la calma meditativa acerca del mal en nuestra vida. Del mal y la esperanza, claro, que no se queda el salmo en golpes de pecho sino en perdón y vida.

5. Fragmento de la vida del santo o de sus palabras. Este momento no ha de ser un simple recorte de alguna vida suya sino que debería transmitir ganas de imitar. Mejor poco que nada, pero que no quede convertido en una exposición de datos biográficos. Bueno es conocer al santo, con su contexto histórico, siempre que no se pierda de vista que es modelo a imitar, que es maestro al que escuchar. No le reduzcamos a simple abogado ante no sé qué mal físico o moral. Yo aquí tiraría de vidas ya escritas, como pasa hoy con san Benito, cuya vida recoge san Gregorio, o san Antonio abad, retratado por san Atanasio. Si no, predicaciones papales, que tendrán un buen ritmo expositivo y animador. Y ya si el santo tiene obras, algunos días que se escuchen sus palabras.

6. Peticiones. A veces parece que el pueblo es el momento que espera, el de pedir. Bueno, se pide, que es parte de la vida y el mismo Jesucristo nos dijo que pidiésemos. De no querer meter la pata, tírese por las peticiones del Oficio, tal cual o con leves modificaciones. Y, al final, un momento de silencio para las peticiones personales. Tras las mismas, yo seguiría el esquema tradicional de rezar la tríada Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

7. Oración final. Tomada también de la liturgia, ya propia ya común.

8. Canto. Un canto final si luego ya se sale del templo. Un canto que la gente le dedique al santo, que los hay. A veces han nacido en el mismo pueblo, como sucede en Louredo, que aclaman a san Juan Bautista con un largo y solemne canto compuesto por dos sacerdotes años ha, apadrinados por el párroco don Esteban. Otras veces será una melodía conocida que se adapta, como pasa en Olás, cuando el coro parroquial alegra las tardes de novena cantándole a san Pedro.

Si se viese que la novena tiene empaque y la gente la conoce y agradece, bien sería conservarla y publicarla. Con su debida aprobación eclesiástica, la pondría por escrito en letra legible (pensemos en nuestros mayores y en que se llevará para casa y los enfermos pueden rezarla), en un sencillo folleto o librito con la imagen del santo por portada. No debería faltar una introducción donde se hable sencillamente del templo que custodia la imagen, de la imagen misma, de cómo se reza y venera al santo, de la amplitud de la devoción, de los actos comunes (como si hay procesión o qué día se celebra su fiesta). Datos estos que hoy son conocidos por todos pero que en un tiempo serán historia de la parroquia. No pueden faltar unas líneas acerca de la santidad divina y la llamada universal a la santidad en los bautizados.