viernes, 17 de abril de 2015

Pregón de Apertura del Año Jubilar Teresiano 2014.

 (Sacado de un blog anterior, recordando que este año es Año teresiano)


Va tocando el día a su fin y tras las misas en las parroquias, tras los encuentros familiares o cierto descanso, venimos a presentarnos ante el Señor, venimos a un último encuentro entre hermanos que nos reanime y ponga el broche celebrativo a este domingo, regresamos al calor fraterno de la mesa del altar y compartimos la alegría de la apertura del V centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, anunciamos un año de gracia que nos acerca el recuerdo de esta trotaconventos castellana que empezó buscando el martirio, pasó por el desierto de la oración y nos legó una vida que es camino místico de busca y encuentro del corazón eterno de Dios.

En tiempos de necesidad y apertura a lo trascendente, esta santa andariega y alegre recuerda a propios y extraños que Cristo es el rostro visible de Dios invisible y que por la humanidad de Cristo llegamos a su divinidad. Que, como en la liturgia, vamos de lo visible a lo invisible y en lo manifiesto brilla la luz inextinguible de la revelación divina. Es una buena excusa para presentarla a quienes no la conocen, pues es maestra y testigo, es transmisora de una experiencia preciosa de encuentro personal con el Dios invisible que la mimó y le reveló sus profundidades.

En tiempos de individualismo y búsqueda personal, será esta reformadora animosa un buen referente. Será la espuela que empuja cara profundidades mayores más y más adentro en la espesura del corazón humano, siguiendo los pasos del Amado que un día, en nuestro bautismo, nos marcó con el sello indeleble de su amor y pertenencia. Podremos tomar sus obras para proponer al buscador de lo espiritual y de la autorealización que es la propia alma el castillo a conocer y conquistar, el bastión en el que ondea la bandera de Dios, oteada a veces y reconocida apenas como ansia de eternidad y vida.

En tiempos donde vende la novedad y lo cambiante, extraños y prójimos veremos a la reformadora que ama y porque ama busca lo mejor y verdadero para la Iglesia. Con ella podremos aprender el valor de la paciencia y lo bello intemporal, la necesidad de reforma en miembros e instituciones dentro de esta gran familia que brilla con el esplendor de la fe y, a veces, soporta la negrura del pecado y el demonio en su propio seno.

No queramos aprehenderlo todo en este momento ni en esta tarde, no. Dejemos que todo un año nos enseñe y acerque. Año que en nuestra Iglesia particular se vivirá desde este Año Mariano, desde estas ganas de nueva misión y desde el inicio de un curso que nos habla de sueños y realidades, de retos y propuestas, de Dios y de la humanidad, de lo nuevo y lo antiguo, de lo necesario y lo urgente. No hay tiempo de más, no al menos hoy. Así, pues, callo, y con todos vosotros, celebro esta misa y esta apertura de Año Jubilar teresiano. No podríamos hacerlo desde mejor lugar que este Carmelo que nos acoge e invita, que nos agradece la presencia y nos lanza al desafío de conocer y tratar con esta buena amiga de Cristo y hermana nuestra.


(Pronunciado el domingo 19 de octubre de 2014, en el carmelo de Ourense, a los pocos minutos de las 19 horas, justo antes de la Misa presidida por el Sr. Obispo, monseñor Leonardo Lemos)