viernes, 2 de octubre de 2015

De la manita del "El caminante"

¿Te gustan las historias? A mí me contaron algunas pero la mayoría las he leído. Y me gustan y me tienen el sabor añejo del hogar y la transmisión de mayores a pequeños. O no tan pequeños. De hecho, recuerdo con cariño el momento en que la escritora Cristina López Barrio nos contaba, en la presentación de su novela, que ella y otras mujeres de la familia solían reunirse en la cocina a charlar por las noches y a escuchar las historias de las mayores o las que iban aprendiendo cada una en su peregrinar vital. Contar historias, sí, algo que al decirlo me evoca imágenes de lareira, o de un fuego que calienta y hace danzar las sombras circundantes, mientras los silencios o los recuerdos afloran y se hacen palabra.

Pues la historia de hoy es la historia del diablo que se hizo hombre. Tal cual, oiga, el demonio que decide tomar nuestra existencia para conocer el camino y el corazón humanos, paseando alegremente por la tierra. Un paseo que en los primeros minutos (sí, la historia es la peli, je) incluso le lleva a admirarse y alegrarse de toda la naturaleza que le rodea. Eso sí, después de desplumar a un viajero desplumado... y de cometerse un fallo de racord en las vestimentas del caminante Naschy. 

En este pasear humano, vase el demonio encontrando con hombres y mujeres que son más de lo que aparentan y que van cayendo en la red que este gracioso truhán les tiende. Porque mira que no me reí, disfrutando, de una actuación naschyana a la que no estaba acostumbrado... vaya que no me reí hasta ver la profundidad y las enseñanzas que la película iba desgranando entre gracias y no tan gracias del caminante misterioso. Este hombre, aparentemente indefenso, se muestra astuto y ladino, capaz de hacer gracejos que diviertan a los incautos que se paran a mofarse de él como entrar a las casa de nobles para deshacerse de ellos y hacerse con sus ducados. 

El demonio es poderoso, sí, pero se guarda mucho de usar sus poderes, fuera de unas cuantas situaciones, en las que el rostro del caminante se ilumina de rojo. Y son pocas veces pero puede pasar de todo: desde que una enferma niña se recupere de su postración, a que una vidriera religiosa pase a convertirse en una blasfema e fornicaria expresión artística. Todo vale para este vividor: desde el seducir a una amable granjera hasta meterse en la celda de la superiora que sospecha ser molestada por un nocturno íncubo. Todo vale y todo le vale: desde el empujar al río a un ciego malvado (sí, tal cual, como el del Lazarillo que estás pensando) al vender por unas monedas a su compañero de camino y enseñanzas a un orondo perverso sexual. Todo se le antoja poco y desde poco siempre medra con tal de disfrutar. No se ahorra caminos y noches a la intemperie pero pronto está para robar, fornicar, matar y reírse de la humana situación.

Esta historia tiene su moraleja y sus enseñanzas, dejando campo a la reflexión. Esta es una de la recomendaciones demoníacas durante la película, pues, al menos en dos ocasiones, se para el caminante para reflexionar o para decirle a su pupilo que lo haga. Y, luego, vuelta a la rueda del vicio. Vuelta que en una escena de lupanar, se vive a cámara rápida y, siendo tan abstrusa la situación y tan única en todo el metraje, tanto da para reír que para seguir meditando en la pecaminosa naturaleza y obrar humanos. Obrar que se compara con los animales, quedando como alimaña el hombre más que el cuadrúpedo.

Este demonio jocoso, que de todos se ríe y de cualquiera se hace amigo mientras le convenga, se convierte en el maestro de un lázaro, torturado por la vida y sus familiares y amos. Alcanza, durante esta peregrinación, un buen puñado de experiencias y se abre al caminante para descubrir su sueño de llegar a la Corte... pero a qué precio ha de llegar, poniendo el culo, literalmente.

El principio y final de la historia es casi el mismo, cambiando el papel del caminante que pasa de predador a presa, aunque acabe ganando. Los registros de personajes son variados ya que pasa de humilde caminante a gentilhombre y de aquí a segurata de un lupanar, siendo antes comediante que finge ser un paleto. Los escenarios son variados: caminos, ríos, un convento, una casa labriega, una fonda, una casa de lenocinio,... Y el estilo de los diálogos es el que se esperaría de una obra clásica, tal como las influencias que se le adivinan: el Lazarillo y el Don Juan, por ejemplo. El estilo y la dinámica son ágiles y nos encontramos con un desarrollo que consiste en la concatenación de diversas historias. Lo mismo nos sirven todas juntitas que tomarlas una a una, en todas hay enjundia y provecho.

Una escena que especialmente me impactó fue, cara el final, cuando atan a una cruz al caminante malherido, tras una tunda por traicionar a su pupilo peripatético, y habla el caminante cara el Crucificado, gritándole si ha valido la pena morir por la humana estirpe. Ya antes había puesto ante los ojos de su compañero la maldad de los hombres y le había mostrado el futuro malsano de la humanidad, mostrándole imágenes de guerras, detonaciones atómicas y los campos de concentración nazis. La historia seguirá unos minutos más y veremos cómo el demonio, sin usar sus artes mágicas, vuelve al camino, magullado y sin un ojo. Otro caminante le tratará como él trató al primero que muere en la película pero antes volverá para hacerle ver que las riquezas de este mundo le pertenecen y que la muerte de su cuerpo humano no es el final.

De las primeras películas de Naschy como director (siendo aquí protagonista y coguionista), con un papel que nos recuerda que es más que una leyenda del fantaterror y sus actuaciones tocaron varias ramas de la interpretación.

Ale, un par de pasos más para conocer mejor este largometraje patrio: uno yyyyyyyyyy dos.