viernes, 10 de abril de 2020

Los placeres del infierno en Hellraiser

Acabo de ver 'Hellraiser VII: Deader', dirigida por Rick Bota, 2005. Hasta ahora, la que mejor me muestra ese infierno que, desde las primeras entregas, promete placeres extremos. Esos placeres parecían referidos al dolor, pues tenemos múltilpes casos en los que la víctima es descuartizada o atravesada por ganchos y cadenas. Las mismas primeras imágenes daban la impresión de una mazmorra repleta de esos elementos, los cuales producían una estremecedora harmonía de metales en contacto. Hasta los demonios cenobitas visten atuendos, complementados con diferentes afiches, donde el dolor es el protagonista, con una apariencia propia del mundo sadomaso extremo.


Dolor y placer, como dos caras de la misma moneda. Pensaba que lo del placer era la forma de atraer incautos que abriesen la caja, atrayendo a los cenobitas, que se darían un buen banquete con el cuerpo y el alma del sujeto de turno. Sin embargo, mientras las imágenes nos reducían la vida infernal al dolor físico, el discurso del placer seguía presente en las consecutivas entregas. Contando con que la promesa del placer fuese un engaño, cabía la posibilidad de que en el dolor es donde encontrarías placer. Sin embargo, cuantos pudieron salir de la dimensión infernal nos dejaron un testimonio de locura. Si podían, huían de Pinhead y sus lacayos.

En 'Hellraiser IV: Bloodline' nos daban un nuevo dato, ampliando las opciones de conocer esa dimensión de los cenobitas. Una de ellos lleva unos siglos en la Tierra, viviendo tan ricamente bajo la apariencia de una bella mujer. Cuando llega Pinhead, este le recuerda que antes tenían otro estilo de actuar, que la seducción ya no forma parte de su juego, que ahora se muestran tan cual son. Esto parece refrendar la idea de que las historias de placeres extremos era una milonga para que resolvieses el puzzle de la caja y tu alma pasase a una existencia solo de dolor. Aunque, vamos, la existencia terrena de la cenobita a la que Pinhead llama repetidamente "princesa", era la de una vividora, entregada a sibaríticos placeres físicos.

Que unas cadenas surjan de pronto y que ganchos terribles rajen tu piel, una vez que logras abrir la caja, era el inicio de una vivencia extrema de dolor. Pero 'Hellraiser V: Inferno' ya nos introduce en una nueva tesitura: el dolor no se reduce al físico, la existencia en la dimensión infernal es un eco de la previa existencia humana y del estilo particular de quien ha entregado su alma a los cenobitas. El infierno se nos muestra en una renovada imagen que incluye el sufrimiento psicológico y global de la persona. Se traduce en la repetición, o el regreso (por aquello de que, al final, te das cuenta de que algo no cuadra y tomas conciencia de tu situación), al peor día de tu vida o al más cargado de maldad, cercano en el tiempo a la apertura de la caja. 

Este infierno de corte cíclico, donde caben variaciones, pero no una salida o una resolución de la situación dolorosa, es parecido al infierno que después nos mostrarían en la serie 'Predicador'. Son infiernos similares en cuanto que repiten un día de tu vida, jornada cargada de maldad o dolor, que supuso un cambio en tu continuo existir y del que no puedes salir. Esto último es relativo, porque hemos visto en las primeras entregas que sí hay quien logra reincorporarse a la Tierra (aunque los cenobitas pronto salen a perseguirle) y hasta hay dos chicas, en tres entregas diferentes, que dan esquinazo a Pinhead y los suyos, o mediante un trato o con un suicidio. La naturaleza del lugar difiere: mientras que en 'Preacher' es una cárcel subterránea donde los presos tienen ratos de descanso y su tortura es una simulación que depende de corriente eléctrica para funcionar, en 'Hellraiser' es un mundo o un ámbito real.


'Hellraiser VII: Deader' aportará otra novedad: sí es posible el placer en esta dimensión infernal. Aunque muertos, parte de su discurrir infernal es en su forma humana, donde pueden gozar de la carne. Aunque llega un momento en que se muestra su estado difunto, el modo en que murieron, sus heridas. El papel de la protagonista, la periodista Ami Klein, va a sintetizar esa imagen de sufrimiento físico y psíquico, con continuas escenas de gritos, expresiones de dolor y la herida sangrante que, una y otra vez, volverá a abrirse en su pecho. Los personajes que gozan en el último metro sintetizan la imagen de placer físico, entregados al sexo y las drogas, aunque acaben desvelando su aspecto funerario después.

No hay comentarios:

Publicar un comentario