miércoles, 9 de marzo de 2016

El pobrecito Draculín.

Cuánto arte por descubrir, cuántas joyas más o menos ocultas esperan que aluien las vea y lo diga. Aquí yo divulgo algo de lo que veo, ya que todo no se me ha dado por anotarlo, mezclando la cantidad ingente de liebres levantadas por Claustroman con algunas perlas que tenía por aquí. Y digo tenía porque el disco duro de las pelis parece haber petado sin dejar una copia de seguridad. En fin, menos mal que he reunido unas obritas en online y algo seguiré aportándoles, che.


Ups, se me ha pasado el acento del señor Draculín. Pobrecito, sí, con una existencia que sobrevive a las Guerras Mundiales en su sobrio ataúd, seguramente heredado de su señor padre Drácula, aguantando los ruidos del guateque, la polución de la ciudad y los metomentodo visitantes de su residencia de la montaña. Eso y los ataques voraces de lujuriosas jovencitas que lo dejan para el arrastre. 


- A propósito, coronel, ¿sabe quién era el propietario de esta mansión?
- No recuerdo bien cómo se llamaba.
- ¡Conde Drácula!


Pobrecito, aunque eso vendría con los años, el propio actor. Que se fue haciendo un hueco en la tele y ganó lo suyo en nuestra tierra patria. Luego, se fue a la suya, nuestra quinta provincia gallega y despilfarró bienes a cascoporro, quedando pobre, con al menos un hijo de sus tres o cuatro matrimonios, y viviendo con otros actores en la misma situación de desamparo. Así murió. Dicen algunas noticias, recogiendo su pasamiento hace poco más de un año, que vivió con humor hasta el final, recomendando no perder la cabeza con el dinero, como él hizo, sabiendo que lo que cuesta al final siempre es barato y que puedes vivir disfrutando lo tuyo o llorando por lo de otros. Descanse en paz. Su nombre es Jorge Alberto Ripoli, argentino, y a la hora de morir contaba 78 años.


 Draculín: Ah, oh, la noche de Walpurgis, aaaah, ah.

Pero hoy no vamos a la persona sino al personaje, a Joe Rígoli. Al año de 1977, bajo la batuta de Juan Fortuny, que saldrá de nuevo como director cuando escriba algo sobre su película de 1973, Las ratas no duermen de noche. A esta película de humor que no parece que hubiese entusiasmado a los espectadores de la época. Rígoli da vida, jeje, a Draculín, el hijo de Drácula. El padre no sale visualmente en la obra porque ha muerto (flipa, colega) debido a la ingesta de sangre leucémica. Y el hijo se queda en su ataúd, esperando a despertar del pesado sueño vampírico, tras la succión que le alimenta. 

Wladimir: es el muerto retrato de su padre. Hasta el ataúd le encaja.
Notario: Pues a mi ama de llaves le cae gordo.
W: Con lo flaco que está el pobrecillo...
N: Dice que no hace bonito en la sala. Que es un enredo más a limpiar. (Tose) La he pillado dos veces con una estaca y un martillo en las manos.
W: Asesina.
 
Digestión lenta la suya que quizás le emparente con la boa o el sarlacc y que le lleva nada menos que 70 años. Tiempo que el mundo mortal aprovecha para morirse desangrado por dos Grandes Guerras y revivir en medio de guateques y pelos afro. Es la música la que le pone en pie, música "capaz de levantar a los muertos". Y vaya si se levanta, asistiendo a la invasión de lo que un día fue su casa por una panda de bailongueros y bailongueras cachondas. No se respeta lo antiguo y su casa ya no es sino discoteca con sus luces y bola de espejos. Claro, al principio qué alegría, qué alborozo, pero si te acaban echando de tu terreno vital no mola tanto. ¿Cambiar de aires? Es a lo que le obligan pero, ¿para qué? Si es salir a la civilización y la polución te obstruye los pulmones. Menos mal que la ciencia adelanta que es una maravilla y dota a la población de médicos y enfermeras, con lugares donde recuperarse y obtener un diagnóstico fiable. A nuestro amiguito tienen que meterle sangre en vena y, de paso, recetarle que se vaya a sitio alto y despejado. El aire de ciudad le afecta... y la sangre embotellada como que la nota asquerosilla.


- Muy solitario, mucho monte, mucho espacio, nada de bares ni una mala timba para hacer trampas. ¿Sabe una cosa, jefe? Aquí cascamos todos. ¡Se lo digo yo!
 
Así que Draculín, toma las de Villadiego, digoooo, las de Tarkanova, allá por los altos agrestes transilvanos, a recomendación de un notario que lleva las cosas de la familia Drácula y otros monstruitos clásicos, de los que escuchamos sus nombres mientras busca la carpeta vamrica. Draculín, deseando llegar ya, quiere hipnotizarle para controlarle pero el notario, vejete a un paso de la parca, le manda a freír espárragos advirtiéndole que como se ponga farruco... bueno, pues ni se pone farruco ni cae bajo la mirada de Draculín, solo sestea y deja al desgraciado no muerto con el embolao.

- ¿Qué? ¿Eh? Oiga, ¿es usted alguien... o solo el delirium tremens?

- Soy el conde Draculín.


- Aaaaah, el conde Draculín, ¿verdad? Si ya me parece que... Ay, ¡qué susto! Creía que ya estaba con el delirium tremens. Pero, ¿de veras es usted un conde?

 
La nueva residencia del chavalín parece el lugar ideal, con su servicio, en lugar oculto a la población, con aire limpio. Un lugar donde comenzar de nuevo. Una de las gracias que hallé aquí fue la del sirviente, con esa mirada estroboscópica que me recuerda a la del actor Marty Feldman. Aquí se trata de Jose María Soler Villanova, Víctor Israel para los créditos. Un sirviente achispado que lo mismo recibe a su señor que dispone un encuentro con mafiosos para chanchullitos. Claro, esta doble vertiente acabará friccionando hasta la chispa.


- No hay cómo un buen ponche para entrar en reacción.

- Son ustedes muy amables.


- Ay, sí. Dejando aparte los tiros y los sustos, son ustedes muy amables.

 
La casa que iba a ser retiro acaba convertida en centro de reunión. Una ya lista y planeada, con el objetivo de hacerse de oro con la venta ilegal de diamantes. Otra impensada, cuando un gay y dos chicas acaben en ella por casualidad, tratándose de excursionistas perdidos. Al final, una merienda de negros de muy padre y señor mío que lleva a Draculín a ser un sufrido vampiro incapaz de domeñar al personal. No, si es que la recomendación era buena pero la tranquilidad se le va por momentos y el sirviente Vladimir más que sirviente parece querer matarile. Menos mal que aún no se hablaba de estrés como hoy, que si no a todas las que le habían tocado al vampiro se le añadiría esta.

- Será pelma el tío... Salga de mi habitación antes de que le pegue un viaje que le desmonte. (...) Es usted más cursi que una pianola.
 
Hay un momento divertidísimo en medio de tanta locura de gente y del pobre dueño de casa como el último mono. Es el momento de la aparición del padre. Ya, ya sé que escribí que no salía visualmente pero es que se manifiesta por su voz y su poder. Un poder capaz de transformar a su hijo de la versión clásica draculiana de capa y gomina en una edición jipi con mucha marcha en las venas. Mucha marcha y poca sangre, vale. Pero lo que es la acción de Drácula es la de actualizar a su hijo... lo que hace que pruebe la carne de varias féminas golosonas y lujuriosas pero se alargue el momento de la hincada dental en la yugular. Un padre busca lo mejor para el hijo pero cuando el material es defectuoso o las condiciones adversas el tiro puede reventarte en la cara.

Draculín: ¡Vaya borrachera! Sangre y Whisky: la combinación perfecta.
 
Draculín regresa a su condición de capa y colmillo, harto y cansada. Como tantas veces en la vida, cuando ya te has puesto de vuelta y media, vienen las cosas y se te presenta la posibilidad de resarcirte. Draculín nos enseña a no enfadarnos y largarnos bramando en arameo sino a que agarremos la oportunidad y nos aferremos a ella. Quien sabe cuándo volverá una oportunidad así de nuevo...


 
Película de su época setentera, con un Draculín argentino con un repertorio de caras interesante y humorístico. Algunos altibajos pero una obra disfrutable para una tarde de lluvia y truenos, a la luz de la vela de la morriña.