jueves, 7 de abril de 2016

White zombie, de Víctor Halperin.

Bela Lugosi llevaba en el Estados Unidos doce años y acababa de pasar por el papel que le marcaría de por vida, Drácula (dirigido en 1931 por Tod Browning). El cine sonoro conocía buenos tiempos, tras todos los problemas técnicos sufridos en la década anterior, aunque no todo el mundo apostase por él, ya  fuesen inversores o actores de prestigio. Por ejemplo, Chaplin no hablaría hasta 1940, con El gran dictador. Lugosi, a pesar de sus problemas con el inglés, sí hablaría, y dejaría huella con sus gestos y miradas. Ahora nos pueden parecer sobreactuados pero hay que comprender que muchas veces, en la época, las películas son casi obras de teatro grabadas y las expresiones son afectadas para darles mayor poder visual. Es algo que se mejora con el tiempo, adquiriendo el cine una expresión y lenguajes propios. Pero los cambios estaban ahí y hemos de tenerlo en cuenta para no ver la película solo con los ojos de hoy. Así comprenderemos cambios tan sencillos como que el público estaba acostumbrado a ver a los actores a distintas distancias (en el teatro, dependiendo de la butaca que te tocase) y gracias al cine todos teníamos la misma cercanía.


Para el filme que nos ocupa tenemos a los Halperin con una empresa independiente que ofrece a Bela el papel de un hechicero haitiano. Y tendremos la primera aparición de los zombis en la gran pantalla. Orígenes apegados a la superstición y la realidad caribeña de los muertos vivientes. Tanto esta expresión como la palabra "zombi" se usan en la película. Y resultan ser personas a las que se ha reducido a un estado catatónico de esclavitud a la órdenes de un hechicero. Los zombis le sirven sin rechistar en los mandatos que reciben, en los trabajos del campo y de la refinería de azúcar. Nada les afecta, no hablan, su mirada es una fijada atención sin luz ni viveza, hasta pueden recibir golpes y balazos sin rechistar. Su existencia es la de un cuerpo sin memoria, sentimientos ni alma. Pero no están definitivamente condenados ya que se les puede devolver a la vida plena, aunque no se nos diga cómo. De ahí que los nativos procuren enterrar, como sucede en las primeras escenas, a sus muertos en caminos sobre los que pasen los vivos y nadie pueda sacar los cadáveres.


Madeleine: Cochero, ¿qué es eso?

Cochero: Es un funeral, mademoiselle. Tienen miedo de los hombres que roban cuerpos de hombres y cava las tumbas en medio de la carretera, por donde pasa la gente constantemente.
 
La superstición, nos advertirán hacia el final, conlleva un ritual. La superstición habla de hombres malvados con el poder de esclavizar a los muertos. ¿Cuál es el ritual? Parece que se necesita una gotita de un preparado secreto para zombificar a alguien. La persona no llega a morir pero su existencia es una sombra de vida. Algunas escenas nos muestran esto con un juego de filtros y luz que nos ponen en la mirada de una joven que recupera el hálito de vida tras pasar por una etapa zombi. Su rostro pasa de la sombra a la luz plena, de la expresión baldía y fija a la sonrisa, del silencio al habla, del olvido a la memoria y reconocimiento de sus prójimos. Ella, la protagonista femenina, Madeleine, sale a la luz vital diciendo que ha estado soñando. La misma vida zombi no parece dar más de sí. Mención aparte recibe el señor Beaumont, al que se le administra "la gotita" en una copa de vino y es zombificado a palo seco, perdiendo sus capacidades motoras y expresivas lentamente ante la mirada de aquel que un hechicero local llama Murdela (Lugosi). Su conversión no es completa y será quien lleve a su zombificador a la muerte.

Yo llegué a la temática zombi antes por la radio que por el cine. De la mano nocturna del programa Historias, de RNE, escuché las investigaciones y dramatizaciones que el equipo de Juan José Plans preparaba para cada domingo de madrugada. A esta película llegué hace pocos años, de la mano de un DVD de cierta revista dedicada al cine (creo que Fotogramas). La pareja protagonista del filme llega a Haití de la mano de un hombre que les propone casarse en sus pertenencias isleñas. La propuesta les parece bien a los jóvenes pero lo que no sospechan es que el terrateniente pretende a la novia. Momento dramático es la confesión del señor Beaumont a Madeleine cuando la lleva de la mano al altar y le pide encarecidamente que abandone a su prometido Neil por él.


He visto sus ojos. ¡Está muy enamorada!... pero no de usted.
 
La boda llega al banquete sin sospechar los presentes que los deseos del señor de la casa le han llevado a un hechicero local. Este mata, aparentemente, a Madeleine, mediante la magia, por medio de un fetiche de cera. Del banquete al entierro y el destrozo vital del esposo, hombre que acaba en el alcohol, sufriendo visiones donde su esposa le conmina desde las sombras. Beaumont consigue lo que desea: tener a Madeleine para él. Pero el gozo es efímero, más que la belleza y los dones de la mujer. Esta, capaz de interpretar magistralmente una pieza al piano, pasea por la casa con la mirada fija, sin vida, callada, incapaz de disfrutar o reconocer la belleza de una joya que su secuestrador le regala. La apatía vital de la muerta en vida se cuela en los pliegues del duro corazón del hombre y le pide al hechicero que le devuelva el alma a la joven.


Predicador: O el cuerpo ha sido robado por miembros de un culto a la muerte que utilizan huesos en sus ceremonias... o bien...
Neil: ¿O bien, qué?
P: No está muerta.
N: ¿Que no está muerta? ¿Se ha vuelto loco? Yo la vi morir, el médico firmó el certificado, ¡les vi enterrarla!
 
Siempre hay quien gane, ¿verdad? Un corazón aún más duro se desvela. El brujo no solo controla a la joven a voluntad y no hace caso del dueño de casa sino que asesina al criado y reduce a Beaumont a proyecto de zombi. Aquí sí, aquí sí que Lugosi bebe vino. Una copa que iba a ser de brindis compartido acaba como festejo personal del hechicero. Ojo a las manos de Bela: la primera copa, destinada a su adversario, la toma con unos dedos como garras, desde arriba, supongo que para dejar caer la gotita zombificadora; su copa, que al final bebe, la toma finamente desde abajo. Un año antes, en su interpretación vampírica, había dicho aquello de "Yo no bebo... vino". Aquí, brinda solo ante la consecución de sus planes. Dice tener uno para Madeleine pero nunca llegaremos a conocerlo.

Porque su esposo, ayudado del predicador que les casó, se dispone a buscarla, tras contemplar horrorizado cómo su tumba había sido profanada y su cuerpo extraído del nicho. Solos, esposo (que no viudo, ¿verdad?) y misionero, se embarcan en la búsqueda de la joven y de Beaumont, que no ha vuelto a verles. Un hechicero local les señala el camino cara las montañas, la tierra de los muertos vivientes, donde ni él ni nadie que conozca quiere ir. De hecho, dice ser el único que volvió con vida y ahora ya no se siente con fuerzas para rehacer el camino. Neil no sufre ya visiones pero sí nota la cercanía de su esposa. Ella, zombificada, sale al balcón en dos ocasiones, como si algo sintiese aún. La escena que les va acercando es un juego donde la pantalla les muestra a ambos y el plano se corta una y otra vez, longitudinalmente. 
 

Beaumont: Fui un loco al hacer esto pero, si me hubieras sonreído, habría hecho cualquier cosa, ¡lo que hubieras querido! Pensé que solo la belleza me satisfaría.
 
Encontrar a la dama en apuros y al monstruo que la retiene no es el final sino el inicio de la batalla definitiva. Murdela, enhiesto, aprieta sus manos juntas en un ritual de control sobre los zombis que le asisten y sobre la malograda Madeleine. Neil, al borde del agotamiento, se enfrenta a todos los peligros y es gracias a la ayuda del predicador como puede librarse de una muerte que parecía segura. Beaumont, todavía con un hálito de entendimiento, libre ya del velo de sus deseos y obsesiones, se lanza contra el hechicero y le derriba sobre el áspero mar. Madeleine, finalmente, recupera la luz de la vida y reconoce, con un bella y amplia sonrisa, a su esposo. El graznido omnipresente de los buitres acompaña a los difuntos.

¿Que qué pasa con el esforzado hombre de Dios? El sufrido ministro remata el momento tierno con una petición y un hipeo cómico. Pide cerillas, como lo hizo antes, en una conversa con Neil, en la cual se nos habló de las práctica necrofílicas haitianas. Una guinda humorística que rome el momento amoroso de los recién reunidos esposos. Aunque tampoco pensemos en que estos tienen expresiones tiernas a lo largo del largometraje...

 Madeleine: Neil. He soñado.