miércoles, 6 de enero de 2016

Vista "Akelarre".

A primera vista, uno se lleva la sorpresa de ver a José Luis López Vázquez sin Gracita Morales o Lina Morgan y en una película del no tan lejano 1984. Y más si su papel es el de inquisidor. Flipa, flipa, que esto es lo bueno de ver los materiales que consigue el amigo Claustroman en sus pertinentes investigaciones. En esta, nos movemos hasta el cine vasco de Pedro Olea. El año, el susodicho 1984. Y los estrenos, nacional en Barcelona e internacional, anterior, en el Festival de Cine de Berlín. En el mes de febrero. Meses antes, en el verano, comenzaba la filmación en el valle de Araitz, donde hay documentada alguna historia de inquisición y brujas. Así que no hace falta tirar de Zugarramurdi para rastrear los orígenes de lo contado en Akelarre. Y aunque los datos históricos son escasos dan para mucho, al ver la película. Por ejemplo, parece que no todos los habitantes preguntados en los juicios e inquisiciones de 1595 entendían el castellano, un par de sacerdotes de pueblos del valle defendían a los feligreses acusados de brujería y tuvieron ellos mismo problemas ante las autoridades, y no todos los encausados llegaron a ser procesados por haber muerto. La causa inicial de la persecución tiene origen en las ansias de poder y control por parte del típico señor feudal. Como tantas otras veces, el poder civil usa al religioso para manipular a los aldeanos.



- Es lástima que fray Miguel haya rechazado vuestra invitación, don Fermín.
- El prior es un hombre austero. Las pocas veces que le he visto comer apenas ha probado bocado.
- Pues es de lamentar. Reconozco que en vuestra tierra se come bien.





Ciñéndonos al filme, transmite el gusto por la tierra y mira a las costumbres ancestrales de la reunión de brujas y brujos, en un ambiente festivo y distendido, donde se habla entre iguales,se baila y goza, incluso se fornica y no parece haber distinciones por gustos (alguna escena sugiere claramente un intento de trío, cuando no de bisexualidad), donde se escucha a las fuerzas naturales y se presta oído a la voz femenina de Mari, una diosa o  la diosa más importante del panteón precristiano vasco. No hay referencias al demonio, que sí aparecen cuando se mete el párroco y el inquisidor por medio. Aquí se encuentra una confrontación de perspectivas acerca de la divinidad y su adoración. Y la parte positiva se la lleva la brujeril, ya que siempre se le filma en medio de la fiesta, de la reunión alegre de los brujos, mientras la católica queda reducida a la predicación del párroco, don Ángel, hombre de no muchas luces y controlado por el poder civil del señor feudal. Pero esto no quiere decir una crítica a la Iglesia en bloque ya que hay otra visión, que no entra ya en lo celebrativo, que es el cuidado de los monjes cistercienses para con los aldeanos y sus necesidades. Sobre todo, esto queda de relieve en un comentario de un hombre del lugar y en las escenas donde los padres confían a sus hijos al monasterio, para que les protejan de las brujas voladoras impías. Particularmente, con las referencias a la noche de san Juan y a la diosa local, me recordó a la lectura de El gran ritual, de Plans, donde también asistimos a los ritos alegres del solsticio y danzamos con el ritmo de las estaciones y las historias de los aldeanos.


El señor local quiere más mozos para que sirvan en el ejército y seguir teniendo al pueblo a rajatabla, imponiendo su poder sobre los derechos que los aldeanos le exigen. Aquí hay una trama que se tensará. Otra se refiere a cierta muchacha deseada por el hijo del señor. Pero ella no le corresponde, pues sus ojos y corazón son para un hombre del pueblo. También esta trama se enrarece hasta la violación de la joven y la muerte violenta del señorito acosador. La persecución de brujas se adivina en las primeras escenas del akelarre, brotando la profecía de dolor y oscuridad antes de la alegría definitiva de la boca de la reina del mismo akelarre. En cuanto a las relaciones fuertes tenemos a los poderosos contra el pueblo y dominando al ministro eclesiástico local. A este comiendo en la mano del señor y dedicando al pueblo sermones moralistas estrictos. Al pueblo confiando en los monjes cistercienses por su humildad y ayuda a los necesitados. Y a los monjes intentando poner paz y sin levantar la voz pero siempre acogiendo a los aldeanos. Todos temerosos ante el inquisidor, medio manejado por los tejemanejes del señor pero hombre austero que intenta eliminar, como sea, del valle el poder demoníaco de las brujas. Y a estas formando congregación fraterna en comunión con la naturaleza, con la cual establecen un vínculo de escucha y de la que extraen los remedios para sus males, además de la sustancia que les lleva al éxtasis del akelarre.

 
 - Me sorprende como hablas. Y me sorprende también que vengáis a dicutirme derechos que hasta ahora nadie había discutido. Y que, si embargo, os olvidáis de otros problemas.

- ¿Qué problemas?


- El de las brujas, por ejemplo.


 
El desarrollo es lineal, sin grandes sorpresas. Con un estilo realista, costumbrista, reflejando una época y unos modos de vida que se ven desde fuera y se retratan con la cámara, con cierta calma, sacando los momentos finales, donde pasamos por un momento al estilo de las aventuras y las peleas de camino que se suele ver en películas como Robin Hood. El señor de la zona exige mozos para fortalecer el ejército que defiende las fronteras de la comarca que domina y recuerda al consejo de los aldeanos que el que manda es él y si le da la gana cambiar las tornas y, por ejemplo, traerse a su guardia de corps a la Junta, se las trae y listo. Lo cual es mal tomado por los hombres del valle que, además, se crecen ante el ejemplo de otros lugares cercanos, subiéndose a las reales barbas del cacique feudal, exigiendo derechos y un nuevo trato, más humano. Al tiempo, contrastando con estas relaciones jerárquicas de poder, se recogen los tratos entre brujos, fraternos y liberales, consistentes en la escucha de las fuerzas naturales, la invocación de Mari, la diosa madre, la compartición de mesa, brebajes y el libre ayuntamiento entre los congregados. Dos escenarios distintos pero ambos basados en las tradiciones heredadas. Y un futuro cambiante en ambos casos.
 



- Dinos los nombres de otros brujos que tú conoces y podrás librarte de las llamas.



El brazo secular mueve ficha cogiendo hasta el antebrazo al religioso y mangoneándolo con buenas palabras y una suculenta comida, cerrando el trato, como mandan los cánones, al final del banquete. La forma de hacer pasar el pueblo por el aro es mediante una severa predicación que desvela la existencia de brujas en la feligresía y el paso de un rígido inquisidor. Se anima a los vecinos a denunciar a los herejes. Se desata la paranoia, que lleva ante el tribunal a varias personas y a la tortura a dos mujeres, una joven y otra mayor. Se trastoca hasta el trato entre las gentes. Así, por denuncia de bruja, se despide a una mujer de su puesto de trabajo y a otra, a la que se suele acudir pidiendo ayuda médica, se la expulsa de su casa. Y la superstición, más que decrecer, aumenta, al ver brujas por todas partes, forzando a los padres a llevar a los hijos al monasterio, donde se cree que las brujas no pueden llegar.

Superstición. Haciendo una parada y una traslación temporal, a día de hoy dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 2111: La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23, 16-22). En la película, como protección que atinge tanto a brujos como no, se reparten amuletos y es humus compartido. La superstición va unida al miedo y la protección. Por eso se regala un amuleto a la joven Garazi y por ello mismo el tabernero confunde las piedras que tiran a su tejado como brujas voladoras y cualquier infortunio como resultado de un maleficio.

El inquisidor trata con todos pero está clara su misión: descubrir a los herejes y eliminarlos si no se retractan. Primero inquiere, que eso significa inquisición, que es preguntar acerca de la fe y costumbres para detectar la desviación herética o la adoración satánica. Los resultados se manifiestan y los acusados comienzan a llegar. Hay más pero resumen de manera visual a todos, dos mujeres, una joven y otra mayor. Luego veremos al resto cuando sean trasladados en carreta. El juez inquisitorial, encarnado por López Vázquez pasa a la tortura y, de ahí, a la condena por confesión. De ahí al traslado a otra región para la condena o la cárcel y hoguera. Algunos mueren por el camino. Y con esas muertes llega el fin de la misión inquisidora. El párroco alaba la pureza y la renovación de la fe en un sermón y el juez se va a otros lugares. Este se descubre como un hombre férreo e inflexible en las preguntas y torturas. También es un hombre frugal y sobrio, viéndose alguna escena de sus penitencias corporales o rechazando comilonas y alimento. Lo cual contrasta con el párroco, que aparece como glotón.


- Yo no ignoraba que vuestros métodos son rigurosos pero presenciar los tormentos es más cruel de lo que nunca imaginé.
- Cristo os dará fuerza. Confiad en Él.
- ¿Es necesario que los tres miembros del tribunal seamos testigos de los tormentos? Excusadme por mi flaqueza pero, si no os importa, yo...
- Os comprendo, fray Miguel. No es necesario que continueis. Queréis llevar a estos pobres campesinos ignorantes al seno de la Iglesia pero solo utilizáis las palabras y el diablo es fuerte. Y para luchar contra él las palabras no bastan.



De fondo, hay una historia de amor entre la joven Garazi, proveniente de Francia, donde su abuela fue muerta por bruja, y un joven del pueblo. Ambos comparten akelarre. Ella es deseada por otro hombre en el mismo akelarre pero ella se entrega solo a su amor. También es deseada, llegando a ser violada en la cárcel, por el hijo del señor de la zona. Este morirá, quedando vivo y victorioso el joven amado. Vive destrozado por la deshonra de su amor pero vence en pelea de camino al señorito, vengándola. Ella sufre por esta lucha pero también porque, torturada, ha llevado a la cárcel y la hoguera a una mujer mayor que le ayudó y que era como de la familia. Rompedor final que las une en el presidio y las manos, abrazándose, perdonando la mayor a la joven, con el clímax de la quema de aquella, reina del akelarre. 
 
Es el instante que recoge el grito brujeril que responderá la joven, salvada y oculta en la cueva donde antes todos eran congregados y ahora resisten unos pocos. Quizás los escapados, "los más peligrosos" a palabras del señor.

Película costumbrista, realista, sin grandes artificios y salida de las costumbres regionales y la historia local. Una muestra sencilla pero interesante que nos pone ante pros y contras de todos los estamentos de la comarca y refleja usos y costumbres de la historia reciente. La intrahistoria de la Navarra profunda con conexión francesa de por medio en una capsulita amable y visitable, sin aspavientos y con desarrollo previsible. Una película para recuperar de la cueva de brujas que le retiene.




- Hay mucha caza por aquí. El otro día casi cogemos un jabalí. Pero en aquel momento pasaban unos soldados por el camino y tuvimos que dejarlo escapar.
- La próxima vez os traeré leche fresca.


Un par de enlaces te pueden ser de interés, por eso...
... comparto este acerca del director... y este otro acerca del brujeril mundo.