sábado, 26 de diciembre de 2015

"El gato que venía del cielo".

La literatura oriental tiene poca cabida entre mis manos. No es por prejuicio sino por tiempo y por ganas de leer: hay tantas opciones tan cerca de nosotros que no siento ese tener que irse lejos para encontrar algo nuevo y enjundioso. Cuestión de perspectivas. Pero, en ocasiones, me dejo llevar por lo que encuentro. Y en esta ocasión tenemos un libro breve, de capítulos pequeños y temática aparentemente sencilla. Ah, con un gato como protagonista de la portada y acontecimiento desvelador en la novela. otro día quizás retome el primer libro oriental donde me encontré un gato y que es un precioso regalo que guardo con cariño. Hoy me quedo con la segunda obra, la breve, la escrita por Takashi Hiraide.

Si quieres un acercamiento rápido a qué es este libro, te lo cuento con palabras del mismo autor, cuando en un momento crítico de la trama nos dice: "El ensayo por entregas era un texto breve redactado con una pretendida objetividad, aunque si lo analizo desde la perspectiva de sus consecuencias me doy cuenta de que en realidad constituyó el primer bosquejo de esta novela, el primer intento por plasmar en palabras la aparición del gato, el inicio de nuestros juegos."

Los capítulos, por su extensión y el estilo, es la impresión que dan: una especie de diario, una narración sencilla del día a día de un escritor que plasma en palabras las imágenes cotidianas de su barrio, su jardín, su casa, su mujer y su acontecer biográfico diario. E, importantísimo, la aparición de un gatito que trastoca la mirada de quienes le tratan. Gato al que llaman Chibi, que significa pequeño. Un gato del que no se sabe procedencia y que desaparece tan misteriosamente como llegó, aunque las vibraciones que porta el ambiente son bien distintas en ambos momentos: de sorpresa al principio, de tristeza y, casi, terror, al final. Gato que con su pasear por el barrio, sin salir de él, siguiendo un estricto horario de costumbres diarias, sin que lleguen los narradores (o el narrador y su esposa narrada) a cogerle en brazos o escucharle maullar, trastoca sus miradas. Un personaje tan sutil que sin ser especialmente activo es todo un revelador. Como si un avatar fuese, como un dios bajado del celestial hiperuranio con la misión callada de desvelar la realidad y concederle a la existencia más cercana el brillo y los colores que realmente tiene, Chibi es instrumento trascendental para correr el velo de Maya o de Isis para aquellos que le concedan un espacio cordial en sus vidas.

Y todo ello sin moverse de las costumbres del día a día, sin recorrer caminos escarpados y sin moverse de casa, literalmente. Chibi permite la trascendencia del mirar sin cambiar nada de lo ya visto. Digamos que es seguir viendo lo visto pero de un modo nuevo. Una transmutación sutil que nos deja en los mismos lugares de siempre y con la misma gente y los mismos gustos y deseos pero ya tocados, ya con unas inquietudes y una alegría interiores que enfocan la existencia con un sentimiento distinto. Un regusto de lo ya probado.

El misterio se mantendrá siempre y la influencia del minino es superior a su permanencia física y narrada en la novela. Como una piedra que cae en el estanque, las ondas en el agua vibran aunque la piedra haya tocado fondo hace tiempo. Como estas, la intensidad tendrá su momento álgido y su progresivo descenso, el agua seguirá inmutable en su esencia pero las perturbaciones le han afectado y algo ya no es lo mismo que antes de la piedra. Así, los cuidadores de Chibi, bueno, los que se dejan adoptar por Chibi, ya que tiene unos dueños oficiales, son un hombre y una mujer quienes le muestran mayor aprecio y nos transmiten su experiencia.

El ambiente social nos resultará ciertamente cercano: es una época de crisis, hay traslado de domicilio por culpa de la revalorización del terreno, la gente mayor cambia residencia por su casa, aunque añorando siempre el hogar, y las barreras sencillas de una puerta o un camino se vuelven frontera que exige respeto cuando no temor. Buenas palabras y relaciones llevan a buenas acciones y favores, de modo que lo que algunos consideran frontera y protección del espacio vital para otros es puente de encuentro y de vitalidad. Y, en medio, un callado gato que va y viene con libertad.

El estilo es muy descriptivo y poco evocador. Al menos, a mí me sugería las imágenes de los lugares pero no me llevó más allá, fuera de algunos momentos que ya caían en lo poético y revitalizaban las sensaciones transmitidas. La descripción es muy física, material, a veces estricta en cuanto a formas y medidas. Puedes reconstruirla en tu imaginación pero no te dirá mucho más. Quizás sí al dejar pasear libremente a Chibi y enternecerse ante sus juegos o meditar con cierta calma sobre su origen, misión y desaparición. Porque el gato se va o, quizás, lo eliminan. Y no resulta extraño. ¿Es él realmente el protagonista? Para mí tiene un peso importantísimo y ocupa el centro de muchas páginas y tramas pero, al final, ¿importa él o la vida de quienes le trataron y que han sido tocados por su duende? Yo lo veo como un acontecimiento pero no como el protagonista. Importante y central, necesario, pero como todo desvelo místico, un soplo que va y viene sin atarse a nosotros. Una oportunidad que nos descoloca y nos regala la existencia sin pedir nada a cambio. Un transmutador que ha de irse para que brille lo realmente importante: nosotros, nuestra forma de ver y actuar.

Por el camino, descripciones de lo circundante, las alegrías pequeñas que dan sentido, algunas reflexiones sobre palabra, espacios, la vida, los trabajitos que impiden que el caos impere...

No sé si hoy te encontrarás con un Chibi o si tú mismo tendrás la oportunidad de serlo para otro. Sé consciente, despierta :-)

Y una crítica para ampliar miras.