domingo, 27 de diciembre de 2015

Vista "El huerto del Francés".

Allá por el 2003, José María Mardones dedicaba unos párrafos de su libro La vida del símbolo a descubrir el inicio del lenguaje y su importancia. Seguía la estela de algunos paleoantropólogos que estudiaban Atapuerca y concedía al lenguaje, con su carga cada vez mayor de complejidad, abstracción y simbolismo, el punto de no retorno para el progreso del homo sapiens y la desaparición de otras especies. Claramente, tenía claro que no estamos ante la causa única y que su importancia ha de medirse con otras hipótesis. Pero la idea era atrayente y le llevó a plasmar por escrito líneas como estas: "Con un poco de fantasía, como no puede ser menos, estudiosos como Arsuaga y otros nos hablan de la posible explicación de la desaparición de los neanderthales y su sustitución en todo el planeta por el homo sapiens. Usan una expresión muy significativa: estos antepasados nuestros eran contadores de historias. Es decir, su capacidad lingüística les permitía manejar símbolos, contar historias y crear mundos ficticios." Un poco más adelante escribe: "No se extralimitan nuestros paleoantropólogos cuando se refieren a nosotros como los hijos de los contadores de historias."

Con el tiempo hemos llegado no solo a contar historias sino a concederles una carne nueva, la del cine. Entonces, pudimos recontarlas o inventarlas, con todas las posibilidades intermedias. Y aún después de ver el realismo que se consigue en la gran pantalla volvemos a lo ya dicho para repetir que la realidad supera a la ficción. Hoy quizás andemos a medio camino porque la película que te comento tiene una base histórica y una dramatización truculenta que saca a la luz esos aspectos oscuros de la raza humana.

En 1906, el 31 de octubre, en Sevilla, se ajusticiaban por garrote vil a dos hombres de la población de Peñaflor. Se les condenaba por la muerte de 6 hombres. El motivo era el robo, ya que portaban, menos uno, buenas cantidades de dinero. El método era introducirles por un lugar estrecho donde uno de los malandrines se escondía mientras el otro esperaba la señal para golpear con una barra metálica al desprevenido jugador. Porque los asesinados llegaban al lugar con la promesa de una partida donde ganaría mucho dinero. Un huerto acabaría convertido en el lugar de reposo de los 6 cadáveres. Y nada se supo del asunto hasta que la viuda del último desaparecido movió Roma con Santiago para dar con su marido.

Jacinto Molina supo de esta historia y llegó a investigarla in situ, pudiendo filmar la fachada de la casa de uno de los malhechores, la tapia del famoso huerto, un local del que uno de los asesinos fuera dueño y el patio de la cárcel donde murieron. A este respecto, cuenta Naschy que encontrar los lugares no fue fácil, sobre todo el huerto, a las afueras de Peñaflor, por la reticencia de los vecinos. La cárcel sevillana ya no lo era y se usaba como establos.

En este escenario empezará la película, trasladándose en nada tiempo atrás, para contarnos la historia completa y dejarnos, de nuevo, donde comenzamos, rematando la faena con la muerte de los dos hombres. Muerte que relata la crónica como agónica para el primero, ya fuera por el mal funcionamiento del garrote ya por la poca pericia del verdugo, y consciente y sin pudores la del segundo, la del apodado Francés, que incluso se permitió decirle al verdugo que apretase sin miedo. Lo primero no queda reflejado en el filme pero sí lo segundo: Naschy encarna al Francés y no le tiembla el pulso en ningún momento, muriendo a cara descubierta después de su última comida y pitillo.

Los hechos históricos se recrean y dramatizan con añadidos. El resultado es una película costumbrista de crónica negra, centrada en los andares de los socios, sobre todo el Francés. Este es un hombre casado que se ha currado su reputación y su capital con trabajo y esfuerzo. Su mujer, encarnada por la dulce Julia Saly, es una chica bien, amante de su marido, preocupada por el poco tiempo que le dedica, consciente de sus sudores pero cansada de que su hombre pare poco en casa. Este pasa de ella y de las tierras de sus padres. Su vida matrimonial apenas aparece en el metraje porque tampoco le importa mucho, aunque tenga detalles cariñosos para con su católica mujer. Él prefiere la vida en el huerto, un terreno donde se desloma, con la caserona donde se bebe y se juega "la partida", entre el ir y venir de las rameras. Una de ellas se considera la inseparable "compañera de cama" del patrón, del Francés. Este y su socio, José, controlan el local y las actividades. La vida apenas sufre grandes alteraciones hasta la aparición de una mujer, encarnada por María José Cantudo, que dice estar embarazada del Francés.

Aquí hay una de esas escenas de la película donde no ves nada pero te lo imaginas todo y no es apta para estómagos sensibles. Porque asistiremos a la preparación y desarrollo de un aborto. Postrada en cama, la recién llegada debe descansar pero los golpes que oye de noche no la dejan tranquila. Es el escarbar en la tierra de una fosa y otra y otra. Son las tumbas de los engañados para jugar partidas donde se apuestan buenas cantidades de pesetas. Son una escena y un recurso que subrayo: la del aborto por la tensión en que te pone, comenzando por la charla y por la visión del instrumento de punción; el rítmico pique y paleo de tierra son un recurso sonoro que se te clava y te pone en la tesitura de la sufriente testigo que podrá acallar sus demonios hablando más tarde con quien pueda hacer algo. 

Ya puesto, existe otra escena y otro recurso que me captaron la tención. La escena es todo un recorrido de varios minutos donde se descubre la homosexualidad de un rico caballero. Viendo que no le pueden embaucar con alguna mujer que le emborrache para, luego, poder robarle a gusto, van a buscar a un chico del pueblo al que pagan por ponerle buena cara al rico y llevárselo a la cama. Todo eso queda sabido dentro de los muros de la casona del huerto pero no sale de allí. El mismo chico lo reconoce: "Si mi padre se entera, me desloma". Por lo que respecta al recurso segundo del que quisiera dejar constancia tenemos dos momentos en la película en que vemos al Francés ensombrecerse, apagarse la luz para él mientras el resto del ambiente sigue iluminado. Creo que son solo dos veces pero resuleven los sentimientos de su interlocutor, mostrando claramente su maldad y egoísmo. En El caminante, por ejemplo, se hacía lo mismo pero bañándolo en luz roja para mostrar sus demoníacos poderes.

Todo se descubre y volveremos a la cárcel y el patio donde ambos ladrones y asesinos han de pagar por sus crímenes. Uno, apocado, el otro con la cabeza alta y permitiéndose chanzas como el ser educado con los Civiles y el verdugo.

La película será una sorpresa para quien haya enclaustrado a Naschy en lo fantástico. Es su segunda película como director y hay que decir que es buena, buena, con actuaciones magníficas, excelentes escenarios tanto interiores como exteriores y una copla compuesta ex professo para el largometraje. Cantada por Rosa León, también autora ella, pone en solfa lo que sucedió en el lugar y las malhadadas consecuencias.

Te dejo un par de enjundiosísimos enlaces donde la historia del pueblo pasa a ser historia de cine. Allí encuentras buenas imágenes, tanto históricas como de la película, que hoy yo no me atrevo a compartir por la mala edición que he visto.