jueves, 4 de febrero de 2016

Ay, "Malenka" de mi yugular.

Amando de Ossorio, coruñés a redescubrir y compartir. En su momento, vi la tetralogía (un poco desordenada) de los templarios ciegos, obra que conocía desde hace años pero no había buscado para visionar. Hasta tuve la oportunidad de ver La noche del terror ciego (1971) en metraje original la primera proyección en A Coruña, sentado cerca de una de las actrices, Lone Fleming, de quien ayer descubrí su blog. Bien, pues ahora don Amando sube puntos gracias a esta película, su primera de terror (creo), donde toca el tema de los vampiros, con un esquema típico del género, con el toque dramático de un rapto humano por parte de un vampiro y la carrera por salvar a la protagonista pero aderezada con tal cantidad de expresiones en clave de humor, junto a situaciones como el final, que termina siendo un filme entrañable que lleva a la risa. La comparación que se me ocurre es con la de Polansky, El baile de los vampiros. Personalmente, la de Ossorio me gusta más.
 
Y eso que no ha quedado bien. Empieza normal el rodaje de esta coproducción ítaloespañola pero los recortes impuestos por producción reducen el tiempo de rodaje y manipulan el final para convertir un guion fantástico de corte terrorífico en una comedia al uso, descubriéndose al final que todo era un embrollo de falsedades. Menos mal que se filmó un final para la versión internacional donde todo era vampíricamente cierto. Y es la versión que traigo aquí. Pero el mal ya estaba hecho y la película dio de sí lo grabado. Y queda como un drama terrorífico con un humor que descoloca. Y muchos flecos, muchos. Pero, bueno, vaya usted a saber cómo se imaginaba Ossorio a estos vampiros a los que no parece afectar ni la cruz ni la luz del sol ni los ajos. Solo así pueden entenderse escenas como las de una neófita no muerta que ataca al doctor que porta un crucifijo, irse de rositas el protagonista graciosete recién convertido en nosferatu salidillo al final del filme o ver al conde entrar en una habitación donde había ajos... a los que sí era alérgico Max, el amigo graciosete del protagonista. 


Sorprende esto como el saber que Malenka era ya un proyecto en 1963 y que Ossorio lo puso sobre la mesa ante un productor que había ayudado a Jess Franco pero que a él le convenció para grabar un western. Vaya, menos mal que le debió salir bien y finalmente, Malenka vio la luz 6 años más tarde, aunque quedase como quedó.

El título de la película es el nombre de una espectacular mujer que murió quemada en la hoguera hace años. Se le acusaba de brujería y dejó un marido que es fruto de sus artes. Este, presentándose como tío suyo, escribe una carta a una modelo italiana que está a punto de casarse, invitándola a su castillo para tomar posesión de la herencia de una madre a la que ella apenas conoció.





Max: Con qué te desayunas, ¿con coñac?
Sylvia: Tonto.
 

Dejando a su prometido y a un gracioso amigo en Roma, coge camino y llega a los dominios del castillo de Walbrocke. Allí, en la taberna, antes de ser recogida por un forzudo asistente del conde, crea expectativas y temores entre los vecinos. Vamos, que tendremos el típico esquema de peli de vampiros: una llamada a un castillo, viaje en solitario, llegada al bar del pueblo y conmmción entre los pueblerinos, recogida por parte de un ser siniestro, camino hecho en carruaje, visita al conde de noche sin que este participe de la cena, escenario tétrico, vampira que te asusta de noche en el castillo, reprimenda del conde, sensación de rapto, rapto, intento de huida y de rescate por parte de los avisados familaires y amigos, enfrentamiento al conde y muerte al vampiro, con las debidas vampirizaciones intermedias.

Un drama que aquí se resuleve en comedia, sobre todo gracias a los comentarios jocosos de Max, el buen amigo del prometido con la modelo. Cuando reciben una carta de ella donde le deja plantado, estos dos se van al castillo a ver qué pasa.


Piero: Pero, ¿qué está haciendo?

Max: Lo que yo te decía. Cuando no tenía ni un céntimo y era una simple modelo que se retrataba con muy ropa era tan simpáaatica y tan cariñosa. Y, ahora, ¡ahí la tienes! Se ha visto dueña de un castillo y se ha vuelto una estúpida.

 

Sylvia es la modelo. Encarnada por la bella Anita Ekberg (fallecida hace poco más de un año), llama la atención que lleve el mismo nombre que le pusieron a su personaje en La dolce vitta. También aquí será la mujer deseada pero no alcanzada por ninguno de los hombres ya que, al menos en lo que vemos, ni llega a morderla el conde ni llega a tiempo para casarse, aunque sí huye con su prometido de regreso al hogar. Sylvia es el vivo retrato de su antepasada Malenka y en ella pone el conde grandes esperanzas. Él, convertido en vampiro por las artes mágicas de su desaparecida esposa, quiere atraer a la romana a su causa y condición. Como buen no muerto, aparece para la cena, sin cenarla, y anda de noche buscando cuellos jóvenes, sorbiendo la vida de Bertha, una de las hermanas que regenta la cantina del pueblo.

Sylvia: Al menos, dime de qué murió mi madre.

Conde: De melancolía.

Sylvia: ¿Dónde la sepultasteis?

Conde: Aquí. En la cripta del castillo.

Sylvia: ¿Podría... verla?

Conde: Sí, ven conmigo.

En el castillo viven, a mayores, un sirviente y una vampiresa que intenta prevenir a Sylvia contra los planes del pariente. El sirviente le es fiel sin preguntas ni fisuras. Y con estos tres tiene que lidiar la mujer hasta tal punto de querer, y no poder, irse del lugar. Lo acabará consiguiendo, tras conocer los horrores de la construcción que debía heredar, y gracias a la inestimable ayuda de Blinka, la vampiresa, huyendo por poco de las gasas y colmillos de una difunta Bertha, que le ataca en su escapada. La sombras de las satánicas artes de Malenka se alargan para atraer y atrapar a Sylvia... sin conseguirlo.


Conde: Malenka no se resignó a investigar dentro de las limitadas ciencias académicas. Profundizó en los arcanos rebeldes, en los grandes secretos de las fuerzas prohibidas. Sus experimentos llenaron de pavor a los lugareños.

Los hombres se movilizan ante la carta recibida y las historias que les cuentan. Un libro lleno de supersticiones, la visión de un murciélago enorme, la ayuda de un médico local y la sospecha de un terror indefinido animan a estos dos amigos a regresar al castillo y ponerle una estaca al monstruo a la altura del corazón. Cuentan con la ayuda del médico. Y menos mal porque lo que es el crucifijo y los ajos no parecen haber hecho efecto. En concreto, en un giro que me escacharró de risa, está el momento ajo en que dejan una ristra en la cerrada ventana de Bertha. Esta mujer sufre anemia a los ojos de Piero, médico y prometido de Sylvia. La cosa es que los ajos a quien le hacen efecto es a Max, amigo de Piero, pero no al conde, que entra por la puerta de la habitación cuando todos duermen y le ventila la sangre a la "enferma".


Friya: No es el primer caso en el condado. Certifique su muerte y clávele una estaca en el corazón antes de enterrarla.

Max (asomando la cabeza por una puerta): Buffff, pero qué bestia.

Friya: Doctor, se lo suplico. Hágalo por ella.

Piero: ¿Se ha vuelto loca?

El otro momento es el del médico con los dos amigos. Aquel porta un crucifijo que extiende sobre la tumba de la recién enterrada Bertha y lo lleva consigo cuando esta sale de su sepultura. ¿Qué consigue? Que le ataque a él.

Y así, entre una cosa y otra, llegan al castillo. La confrontación irá emergiendo y ganando puntos pero, al principio, todo es buenas formas y guardar las distancias. Otro detalle que llama la atención es que van de noche a cazar vampiros y uno se pregunta de qué ha servido la lectura del libro de supersticiones y la experiencia del médico del lugar.

Blinka: Siempre me trata así. Cuando hago alguna cosa que le disgusta, me encadena y me tortura.

Sylvia: ¿Por qué no te escapas a la primera oportunidad?

Blinka: ¿Y a dónde podría ir?

Sylvia: No lo sé. A cualquier sitio lejos de aquí donde no pueda encontrarte ese monstruo.

Blinka: Me quedo. En el fondo, somos los dos iguales.
 
Al final, la lucha por la supervivencia... estoooooo, la lucha por un lado y la seducción por otro, ya que el jaxondo de Max le tira los tejos a Blinka, en lo que puede que sea la primera seducción por parte de un humano cara una vampiresa de la historia. Ella pasaba por allí y este no espera un minuto para entablar conversación.


Max: ¿Se ha fijado en esa criatura? Uau, ¡está como un tren!

Doctor: No te hagas ilusiones, es un cadáver que anda. Ahí donde la ves está muerta.

 
Lo escrito, lucha por la supervivencia que acaba con el supuesto tío de la modelo atacado por fuego. Las llamas degradan su rostro y se intercalan los planos del cada vez más desfigurado conde con la imagen del óleo de Malenka, en un final que compara las dos muertes por el purificador fuego. Sylvia sale indemne de los colmillos y planes de su pariente. 


Un final feliz con la parienta a salvo y un nuevo ligue para Max, con sorpresa incluida y una pregunta que queda en el aire: ¿veo yo mal o estos todos están saliendo al camino a pleno día? Es que la visión de un vampiro corriendo bajo la luz del sol sin aparente esfuerzo me llama la atención, mire usted.

Los exteriores y todas las tomas en el castillo de Coracera, en san Martín de Valdeiglesias, son preciosas y dan el pego como lugar de vampirismo pero no se llega a crear la atmósfera tétrica de otras películas. No salimos de las criptas para meter miedo, ya que fuera no hay la típica niebla o las sombras escurridizas, tampoco encontramos a la hipnótica vampiresa que envuelta en gasas blancas y transparencias se nos acerca ni sufrimos el susto de un ataque vampírico en forma de murciélago. Si habrá puertas chirriantes, manos y cabezas que se asoman con lentitud y asepsia por falta de sangre: las únicas marcas de colmillos que veremos son las cicatrices de Bertha. Lástima de más semanas de filmación y una producción decente. Y loas al Creador porque no acabó convertida en una simple comedia.