domingo, 7 de febrero de 2016

"La noche del terror ciego".


Vampiros, hombres lobo, momias, monstruos del terror más clásico se han dado la mano en la literatura y el cine con nuestros terrores atávicos y nuestros deseos oscuros. Manifestaciones horribles que no solo concitan repulsión sino que poseen una capacidad de fascinación tal que podemos sorprendernos ansiando el secreto de la transformación en ellos. A mayores, como cualquier producto del terror, han tenido sus versiones risibles y humorísticas. Será por aquello de que los extremos se tocan.

A inicios de los pasados setenta, el director coruñés Amando de Ossorio daría a luz un nuevo ser a caballo de las leyendas clásicas españolas y la originalidad: los muertos caballeros ciegos. Miembros de una orden militar condenados por brujería y satanismo, condenados a morir y dejar que los cuervos les picoteen y arranquen sus ojos. Siempre les denominamos templarios pero llama la atención, en esta película que abre su tetralogía, que cuando se habla de ellos solo se comenta que son caballeros, guerreros y, como mucho, se añade el epíteto de orientales. La mención templaria nos viene de una lápida que la cámara enfoca. Tumba de un prior de la orden que yace en las abandonadas tierras de Berzano, pueblo que les perteneció y que tras su caída en desgracia está abandonado y considerado maldito por quienes saben de su existencia. Su tumba está coronada por el ankh, la cruz egipcia que significa inmortalidad, vida, la denominada cruz ansada.

Pero lo que el destino guarda para los protagonistas de la cinta no era lo que deseaban. Un reencuentro fortuito entre dos antiguas compañeras de internado lleva a los recuerdos y a una excursión, propuesta por un amigo de una de ellas, Virginia. Roger, que así se llama, se sale con la ocurrencia de la excursión no para estar con ella sino con la recién llegada, Betty, interpretada por Lone Fleming. Esta es una empresaria que fabrica maniquíes.

Betty: No tengo ningún amigo... pero lo buscaré.

Roger: Y te aparecerán a montones.

Betty: No creas, los hombres están muy difíciles.
En medio del vapor y humo del tren aparecerá el recuerdo de un encuentro lésbico. Lone nos contó en A Coruña, en el FKM, que para la escena se le dio amplia libertad de interpretación. Ella, pensando cómo sacarla adelante, se tomó una botella de vino con Helen Harp (Virginia en la película), buscó una revista y unas flores para darle un toque tierno al momento y se lanzó a los besos.

La excursión da comienzo, con evidente disgusto que de Virginia que, en cuanto puede, se echa campo a través cara una población que divisa a lo lejos desde el tren. Sus compañeros de viaje la ven caminar desde la trasera de ese tren que aquella abandona en marcha. Lo que se encuentra en un pueblo abandonado, con su gran iglesia y cementerio. Algunas paredes y construcciones siguen en pie y buscará el cobijo en una de ellas, tras empujar la puerta. El evidente estado de ruina y la tmósfera opresiva que se crea se ve diluida en un momento que me hizo sonreír. A la luz de la hoguera que ha improvisado, la mujer se cambia, y la cámara busca la manera de que el fuego tape su desnudez de ombligo para abajo. Los cambios día-noche que se observan a continuación también cantarán. Pero el terror hará presencia con el lento resurgir, prologado por una neblina que surge de la tierra, de los caballeros allí enterrados, ellos y sus caballos.


Betty: Mira, es un cementerio medieval.
Roger: ¿No notas algo raro?
Betty: Todo es raro.
Roger: No sé. Algo particular. ¡Las cruces! Mira las cruces.
Betty: Sí no son las normales de los cementerios.
Roger: Son cruces egipcias, flameadas. En los procesos por brujería de la Edad Media se dijo que eran infernales, que pertenecían a ritos satánicos.

Es de obervar que ambos personajes siempre se mueven a ralentí, incluso cuando un ser humano monta un caballo; este va despacio y una cacofonía de pasos, gritos y degradada música les acompaña. Algunos que vieron la película me comentan que suena a gregoriano aunque el parecido no es ni de lejos aceptable. Me imagino que lo dirán por la vocalización y el ritmo. Lo curioso es que el encargado de la música, Antón García Abril, compuso esa tétrica letanía con dos cantantes que pronunciaban el nombre del jefe de producción. Luego se reproducía al revés, tenía mezclas de sonidos, amplificación y repetición de voces para que sonara a coro y no a dos personas,... Una obrita maestra del terror con gracia incluida.

Que hemos dejado a los otros dos a su viaje, vale. Bueno, pues les acompañamos a las ruinas del monasterio y pueblo de Berzano, donde encuentran el saco de dormir y el equipaje de la desparecida Virginia... y a dos policías. Virginia ha sido encontrada hecha un cristo con mordeduras en su cuerpo, desangrada. Y toca ir a identificar su cuerpo en una morgue cuya lámpara, sabe Dios por qué misterio, está en continuo movimiento, chirriando. Entre eso y el malhadado guardián de la morgue ya tienes un nuevo escenario tenebroso. Y la cosa irá a más con la consulta al doctor Candal y un flash back al siglo XIII, mientras el profesor les narra su historia. 

Profesor Candal: Tanto progreso, tanta ciencia y no ven lo que tienen a una cuarta de las narices. Pues sí, amiguitos, los guerreros orientales, aparte de otros muchos secretos, resolvieron el misterio de la vida eterna.
Fueron guerreros que regresaron de Tierra Santa, pasando por Egipto, y trayendo la cruz ansada de los faraones. En Berzano fundan un priorato y se dedican a prácticas satánicas para conseguir vida ilimitada. Su rito consiste en el sangrado de una joven hasta su desangrado, aplicando sus bocas a las heridas abiertas o mordiendo su piel hasta desgarrarla. Me llamó la atención la espera tensa de los caballeros a que su jefe les diese permiso para aplicarse a tan macabra acción. El que está a su lado hasta se balancea, esperando que la mano de su superior baje y dé comienzo el sangriento festín.

Mientras, una sorpresa. Virginia, tras su muerte por desangrado, después de la autopsia, se levanta, mata al contrahecho guardián de la morgue y va a por la socia de Betty, enla tienda de maniquíes. Muere presa del fuego. Virginia, digo, jeje. Esto llama la atención ya que no hay otro caso de renacido por los caballeros. Sin ir más lejos, en la siguiente película, El ataque de los muertos sin ojos (1973), veremos un ritual parecido donde se bebe sangre y hasta se devora el corazón de la víctima pero nunca se levanta nadie ni se vuelve al tema de los mordiscos. El otro detalle es que Virginia muere a fuego como a fuego morirán los templarios en la siguiente versión de su historia. Pero esto pertenece a la segunda película de la tetralogía.

Asistenta: En toda la región se hablaba de que Berzano perteneció a los caballeros. Estos guerreros adoraban al diablo y fueron excomulgados. El pueblo quedó vacío. Nadie quiso vivir en él.
Ayudados por unos contrabandistas, regresan Roger y Betty a la abadía. Más mala suerte: Betty es violada por el jefe del clan y es perseguida por los caballeros ciegos. Estos matan a Roger y a la querida del jefe, hijo este del doctor Candal. Los redivivos son lentos pero eficaces, ciegos mas no sordos, capaces de detectar incluso el latido de un acelerado corazón. Y mantienen su costumbre de beber sangre humana, hasta la muerte de la víctima. No llegaremos a saber si alguna de ellas se levantará como le pasó a la desgraciada primera excursionista.

Betty escapa y llega al tren. La cosa es que por la zona pasa un tren. Es conducido y vigilado por un padre y su hijo. El padre nunca para por nada, hay que seguir el recorrido y los horarios. Así, no paran la máquina cuando Virginia se aleja por el campo cara Berzano ni cuando regresa de Berzano, perseguida y muerta por los guerreros ciegos. Ahora sí parará porque le hijo toma el control y decide ayudar a la dama en peligro. Su buena acción repercute negativamente: los caballeros toman el tren y esparcen muerte a espadazos. Ossorio no da tregua y nos da un primera plano de la sangre de una madre cayendo sobre la carita de su hija. Un poco después, la niña aún sigue viva pero se le augura un mal final... que no veremos. Haciendo un adelanto, es curioso el trato de Ossorio con los niños presentes. Aquí parece claro que la niña es la siguiente en morir, sobre todo cuando una garra descarnada la alcanza. Pero, al contrario, en la siguiente entrega habrá una niña que pase entre los muertos sin ojos y no sea brutalmente asesinada.


El tren sigue su curso y tendrá que ser parado en la estación por el jefe de la misma que viendo la máquina sin maquinista activa el freno. Betty se ha salvado, oculta en el vagón del carbón. Y la gente sube a buscar sitio, sin sospechar la muerte que les espera. Un plano final, como si fuese una foto la que se enfoca, da cuenta de los gritos de sorpresa, horror y dolor dentro del tren. Betty grita desaforada y una garra que cae marca el fin. No, no sufrimos dèjá vu, es la escena con la que comenzó el filme. Y nos deja el detalle de un cameo del director. Este aparece y actúa como el jefe de estación, con su gorra y banderín.


Nos dice Carlos A. Cuéllar en el libro Cine fantástico y de terror español, TB editores, que "Si somos conscientes del contexto social e industrial en que se produjeron La noche del terror ciego y sus secuelas, tendremos que recononocer los evidentes méritos de Ossorio y su equipo inyectando originalidad temática e interés estético a un cine de terror europeo que se estaba centrando en caminos ya trillados por el modelo clásico. Prueba de su atractivo comercial es el hecho de que esta película se convirtió en la séptima más taquillera de la edad dorada del cine de terror español con 784.579 espectadores (Pulido, 2012:56)." (p 166)
 
Breve es el camino entre el terror y el humor, así que los enlaces de hoy han buscado esa dicotomía pareja. Una entrada repleta de datos y retazos de entrevistas y otra que nos plantea la peli en tono humorístico, marcando algunos límites y fallos.




Complemento con fotografía de hemeroteca: una opinión publicada en La Vanguardia Española, el veinte de septiembre de mil novecientos setenta y dos.