martes, 31 de mayo de 2016

Las alimañas, de Amando de Ossorio.

Cuando uno va profundizando en el conocimiento de un autor descubre su riqueza, más allá de las primeras ideas que se transmiten generalizadas o las primeras impresiones. Así, es normal que por sencillez o rapidez, etiquetemos su obra en algunas pinceladas y ya luego vayamos matizando y comentando en detalle. La etiqueta, el vistazo, ayudan como introducción a las obras o inicio de un debate para ponerle en este o aquel rincón. Pero cuanto más veas y sepas ayuda a meterse en la globalidad de una obra que trasciende la etiqueta y aumenta el campo de la investigación y la charla. Esto pasa con Ossorio, fichado en el terror o fantaterror, cuando su obra toca más teclas que las de las notas graves y misteriosas o las melodías discordantes y tensas.


Así, su producción largométrica comenzó con una película que tenía la pena de muerte como centro de un monólogo en blanco y negro, desgarrador. Era 1956 y la censura la despachó pronto, evitando su estreno y relegando al autor a un cierto ostracismo del que iría saliendo paulatinamente. El terror aquí es algo muy real y que proviene de una denuncia social y de la pregunta por la necesidad de una sentencia inapelable e irreversible tras su aplicación. En el aire podrían sentirse las cuestiones de si es necesaria o qué pasa cuando el condenado resulta ser inocente. Este varapalo quita las preguntas y a la película de en medio e un plumazo. Y cuando regresa el director y guionista coruñés a la carga lo hace ya con ganas de un terror preternatural, influenciado por las películas vistas de joven, siguiendo la estela de la películas de monstruos... consiguiendo contrato para filmar un wenstern, La tumba del pistolero, que no he visto pero de la que he oído que parece ser la única película del Oeste en la que no muere nadie de un tiro de revólver.


Y ahora veremos unas máscaras funerarias precolombinas que, aparte de su gran valor arqueológico y artístico, constituyen un verdadero tesoro por el tamaño de sus esmeraldas y rubíes. 

Tiremos nosotros cara el final de su obra, cara el fin de una década de producciones más o menos acertadas en las que el terror y lo fantástico se expresan con todo el esplendor que puede darle este artesano enamorado del séptimo arte. Es 1976 y se cierra todo un ciclo de películas con una que nada tiene que ver con títulos como los referidos a los templarios ciegos. La película, Las alimañas, es una cinta de acción, de persecución por causa de un robo, con historia de amor y huida de por medio, y muchos caimanes en el agua esperando un trozo de carne. Al final, una escapada en solitario y el triunfo del sinsentido y las manos vacías como respuesta a traiciones y avaricia. 



Básicamente, es la historia de un robo a tres manos, la huida de uno de los ladrones con el botín dejando a los otros a dos velas, la búsqueda de estos, la vida padre del tercero mientras espera barco para marcharse del lugar, la pelea entre los antes socios y ahora rivales y un marítimo final donde el botín se queda en tierra, soportando el peso de un pecho enfermo y desconsolado. Vidas tronchadas, una ilusión que se quedará en eso y un museo que no volverá a ver las joyas precolombinas que les han birlado.

Los lugares de filmación se repartieron entre Madrid, República Dominicana y Miami, comenzando la acción en un Museo de Santo Domingo, donde se custodian valiosas reliquias de pasados tiempos y civilizaciones precolombinas. Allí actúan dos ladrones vestidos de trabajadores y un tercero que aparece luego, vestido de sacerdote. Este es el que se da el piro con el oro y las joyas, teniendo que ocultarse de sus compañeros de latrocinio, yendo él para un lado y dejando el maletín con lo robado a buen recaudo en unas ruinas. 



 Margaret: ¿Qué tripa se te ha roto?
Tom: ¿Qué haces en esta cama?
M: Ya ves, durmiendo.

A partir de ahí, la preparación para huir definitivamente del lugar y el inicio de un nuevo amor, dejando de lado a su amante anterior, mujer que está liada con otra por aquello de no tener mejor aval con el que pagar una estancia. De lado de los traicionados, una carrera por saber de su paradero y recuperar "lo que es suyo", ejem. En medio, la chavala que pasa a ser la nueva amante y que acompañará a su hombre donde sea, lejos de esta situación tensa y bochornosa. Casi lo consigue, y es que ella sí saldrá del puerto convenido, dejando atrás el maletín en manos de uno de los socios agraviados y con el recado de que ella se va, esperando por su hombre en otro puerto.


- Así que eres uno de los caimanes que mi señorita quiere atrapar.
- Ja ja ja, eso debo ser.
- ¿Y cómo se llama usted, señor caimán?
- X, caimán X.

Este casi lo consigue pero acuciado por una muerte casi segura por envenenamiento, se queda tirado en las riberas de un mar que se lleva a su amada, aplastando un maletín que no veremos abierto pero que contiene suficiente botín como para retirarse de la escena y del mismo país. Final agridulce con sus socios muertos y él casi. 

El guion y la dirección corren a cargo de Amando de Ossorio y parece que no tuvo gran repercusión a nivel de público y crítica, llegando a escribirse en un periódico nacional, con motivo de su emisión por La Primera de TVE, que no había llegado a estrenarse. También decía el crítico que era una pena, cosa que no he llegado a comprender si se refería a la película o a que apenas se conocía esta. Lo lacónico de sus líneas no da para muchas más interpretaciones. Las de la película están bien y tampoco es que haga falta mucho más, a pesar de algunos momentos de sobreactuación. Queda por decir que hay algunos senos al aire y escenas leves de lesbianismo, correspondientes a una relación curiosa entre la dueña de cierta casa y su arrendada. Al paso, aparecen los estragos que causa el vivir por encima de los posibles y lo malo del dinero cuando solo se desea pero no ayuda a vivir sino a degradarse. 


El tema de las traiciones se sucede, primero entre los mismos ladrones (al huir uno con todo el botín), en una relación (al aceptar una relación con una chica y al quedar el amante "libre" para buscarse otra para sí), entre compinches (cuando la señora, llevaba por la curiosidad y la avaricia, mata a quien le contrató para quedarse ella con el maletín) y, si quiere usted, del destino, al provechar un dulce momento para arrebatarle la felicidad al ladrón traicionero en la ribera de su huida.