miércoles, 25 de noviembre de 2015

Memorias naschyanas.

He regresado por la fresca sala de préstamos de la Biblioteca pública de Ourense a buscar qué hay sobre Naschy, Ossorio y Tesla. Cada vez me son más familiares y, aunque mi memoria es malilla, me gusta seguir sabiendo de ellos. Así, hecha  la investigación (que la puedes hacer desde casa, también), me pillé una publicación. Son unas memorias de Paul Naschy.


 

Si estas fueron publicadas en  2008, existen las más conocidas de 1997 (Memorias de un hombre lobo), así que algo nuevo contarán, ¿verdad? No puedo hacer la comparativa, fuera de adivinar que todo lo que diga referido a estos últimos diez años es novedoso. Ya, pero no sé si amplía algo repecto de lo ya dicho.

Este libro es de poco más de doscientas páginas pero la parte de biografía compartida es de unas 178. Se complementa con una introducción de Alberto de Cuenca y un epílogo de Quentin Tarantino que no van más allá de 8 páginas escritas. Las dedicadas a las fotografías no están numeradas pero ocupan 10 hojas.

Estas memorias apelan a la máquina del tiempo de H. G. Wells y no son linealmente cronológicas sino que van un tanto al ritmo del autor, a lo que le surge cuando cita una película, a una persona o un acontecimiento. Y están redactadas en un estilo breve y ágil que te lleva a seguir más y más. Son emotivas. La alegría de poder expresarse y de verse reconocido pasa, a veces, al agrio recuerdo de su soledad y aportaciones dentro del cine. Pero no solo de cine se habla y don Jacinto rescata recuerdos de sus épocas como competidor, de los obstáculos que sufrió en su carrera halterofílica, de las mujeres de su vida (o, al menos, de algunas), del apoyo que encontró en su padre, mujer e hijos y el vacío que padeció por parte de su familia cuando eligió dedicarse al deporte y al cine, lejos de las trayectorias serias que le preveían como arquitecto o ingeniero.

Yo le puse voz a este librillo entrañable e imaginé al Naschy de los últimos años abriendo la puerta de su casa, pidiéndote a cambio un poco de tu felicidad y tu sangre y disculpándose por no tomar un vino contigo a la luz del plenilunio. Cosas de la imaginación o de la esperanza. Jacinto Molina tenía esa férrea convicción de que la luna volvería a brillar en la noche oscura de la senda que él forjó en solitario.

Poco después de la publicación de este libro, murió, así que es una fuente bonita de datos y anécdotas para conocerle. Y al acceso de cualquiera que se pase por la biblioteca de la ourensana y empedrada Calle Concejo. Una fuente de datos que no se queda en ellos sino que es una colección emotiva de recuerdos que fluyen con la presteza de una conversación o del monólogo que se produce en una conversación, cuando quien habla entra en barrena y quien le escucha sonríe y queda embobado, pidiendo más y más.

En este monólogo dialogante aparecerán las fotografías, como cuando ahora nos sacamos el móvil y damos color a lo dicho con lo mostrado en una pantalla. Son fotografías en blanco y negro, con su respectiva leyenda, impresas en el mismo papel de las palabras. Y recogen escenas de películas y de encuentros cinéfilos, portadas y hasta un acontecimiento familiar. Por eso veremos a Paul Naschy actuando, recibiendo la Medalla de Oro de Bellas Artes, posando junto a Tarantino o junto a su esposa e hijos.


Forma parte este libro de toda una colección y es un buen apunte autobiográfico que se lee con gusto y rápido, a falta de tiempo o de un ejemplar de las Memorias antes citadas, con casi el doble de páginas que estas.