domingo, 29 de noviembre de 2015

"Muerte de un quinqui".

Tras insistencias claustromaníacas, la he visto. Esta y la que espero comentar en breve, Último deseo. Las dos con dirección a cargo de León Klimovsky y con Paul Naschy actuando. Pero en esta, ejerciendo como guionista también. En el tema de actuación hay diferencias, también, ya que aquí es protagonista y en la del Último deseo es uno más entre un buen grupo de actores que comparten primeros planos.


Pues bien, lo de quinqui parece un tanto adelantado a su momento (1975) ya que todavía no era algo en boga, como lo serían unos pocos años después. Y aunque tengamos un inicio plagado de recortes de periódicos (incluso con titulares donde aparece la palabra quinqui) y de jerga, cosa que luego desaparece aunque estén los mismos personajes, aquí no nos encontramos con unos drogatas de tres al cuarto ni con unos raterillos sino con profesionales que van a cosa fina y se parapetan tras una buena arma. De hecho, Naschy forma parte de una banda organizada. 

Y así empieza el cotarro, con un atraco a una joyería. Las cosas se tuercen y empiezan las muertes, todas a manos de Naschy, ya sea en la misma joyería ya en la habitación donde su amante le espera. Y, como pasa en El carnaval de las bestias, Naschy huirá con el botín, yendo a refugiarse a una apartada casa, por recomendación de quien fuera su esposa. Sus compañeros saldrán tras él, sin saber al principio donde anda.

En esa casa tenemos a una familia que vive para el hombre de casa, un minusválido sentado en silla de ruedas que tiene a raya a su esposa e hija. Así están de traumadas las dos mujeres a las que ponen rostro Carmen Sevilla y Julia Saly. En el escapado verá la matrona una ayuda eficaz para los pesados trabajos de la finca. Pero el macho ibérico de potentes pectorales no solo acepta trabajar y esconderse en ese hogar sino que va a por las féminas, pasando por encima de la sospecha y amenazas del pater familias, campeón de tiro de precisión a mayores.

Caerán las dos ante la varonil presencia y agresividad del nuevo macho. Porque es él quien, más que seducirlas, las fuerza, especialmente a la joven, lo cual traumatiza aunque las acaba llevando a un amor semejante al denominado popularmente Síndrome de Estocolmo, eso sí, sin rapto de por medio. Dobles vidas servidas y el cabreo inmenso del patético marido, que conoce momentos de lucidez donde quiere complacer a su esposa y se da cuenta de que su hija ha estado demasiado tiempo sola. Las caras de ellas lo muestran: una mujer que apenas sonríe y una joven que fuma en un cuarto de muñecas, más propio de una niña. El jornalero es ahora fuente de esperanza y de alegría: él podría sacarlas de allí. ¿Amor o desesperación?

Todo acaba saliéndose de madre. El marido caza a su hija con el tío y recibe unos tiros como recompensa, los compañeros ladrones dan con él y se llevan el premio en forma de "balacera" y, finalmente, el tiro de gracia es para el mangante supremo que estaba a punto de salirse de rositas, huyendo del lugar incólume y con las joyas. 

Aquí no hay amor ni posibilidad de redención para el atormentado Marcos, que así se llama en la peli. ¿Atormentado? Mucho y desde la infancia, siendo testigo de los malos tratos que su madre recibía y viendo, incluso, como su padre la mata ante él. Esto dará lugar a varios flash back donde compartiremos esos recuerdos infantiles. El hombre hace referencia a ella varias veces, o para decirle que esté tranquila, que su "hijo tiene cerebro" y sabe lo que hace o para vengar su recuerdo si alguien se la menciona.

 
 Media entre estos dos gestos el recuerdo de la madre, que no hay más que una y le tocó a él.


Yo tardé un poco en pillar lo que le colgaba de la oreja, que era un audífono tocho, con su cablecito que va a dar a un micrófono cuadrado. Sirve para poder hablar por teléfono y para darse cuenta que ha caído al ladito de un par de cablecillos chispeantes que le pueden aguar la existencia. Pero poco más. De hecho, al principio pensé: anda, qué equipado, gafas oscuras y pinganillo.

Naschy se lleva, ooootra vez, a las nenas de campo pero en esta ocasión no habrá más destape que un segundo de pechamen de la preciosa Saly. Y la violencia destada no se verá parada ante las diferencias sexuales. Así le zosca un par de tortazos a una destrozada y recién viuda a la que Marcos desprecia. Por tal acción recibirá el regalo de parte de la hija, que por aquellos andurriales paraba: tres tristes tiros.

No se muera usted y sepa algo más leyendo a los que más saben y recuerdan, ya sea desmenuzando un tanto la historia con sus debidas imágenes, ya conociendo más acerca del largometraje y sus hacedores.