lunes, 30 de noviembre de 2015

Cegado por el "Último deseo".

Vuelvo a encontrar el trío Klimovsky-Naschy-Saly. Y repetimos año, 1975. Pero la temática es bien diversa de la anteriormente mentada, Muerte de un quinqui. Aquí ya nos enfrentamos al miedo nuclear y la vida potscatastrófica en una población pequeña. Porque, aunque no tengamos imágenes directas y siempre quede la duda razonable de lo que pasó, el hecho es que la bomba nuclear ha explotado en algún lugar cercano al caserón que ocupan nuestros protagonistas.

En esta casa, debidamente acondicionada para la diversión y la tranquilidad de estar lejos de ojos indiscretos, se reúnen unos cuantos hombres importantes de diferentes campos, como la medicina y la política. 

 - Eres muy bonita.
- Gracias.
- Estoy segura de que Clara te ha explicado la clase de reuniones que hacemos.
- Estoy muy contenta de estar aquí. Siempre he deseado un trabajo así.

 Allí, ataviados con una vestidura de una pieza que les cubre el cuerpo desde el cuello a los pies y tapadas sus caras con unas horribles máscaras, bajarán al lóbrego sótano donde bellas damas les esperan y la mesa ha sido dispuesta de forma elegante y generosa. Lo único a lo que van es a satisfacer sus impulsos y dejarse llevar por el placer, eso sí, haciéndolo todo allí, a la vista de los demás.

No bien se desnuda la primera chica, a la que da cara y cuerpo Nadiuska, se siente el temblor de la casa y aparecen las criadas ciegas. Y no solo ellas sino incluso una paloma que entra en la casa. Todos ciegos. Cobra fuerza la hipótesis de una bomba nuclear. Y toca decidir si quedarse o salir, optando por bajar al pueblo a por provisiones y decidir luego, al amparo del sótano protector. 

En el pueblo son todos ciegos. Uno, que ya lo era de siempre, y los que sufrieron el destello brillante de la explosión. Estos vagan por las calles en dirección a un monasterio. O bullen sin descanso en el mismo, con los ojos tapados, moviéndose como hormigas pero, al contrario que estas, incapaces de comunicarse. Como si la explosión borrase su humanidad y su capacidad de lenguaje. Esto le sucede a los que están hacinados en un salón. Los que se acercan en grupo tampoco hablan y casi parecen zombis pero muestran, al menos y por diferenciarlos de los reunidos, un comportamiento grupal, pues se dirigen sin molestarse mutuamente de forma coherente. Luego, tenemos a un solitario que viste gafas de sol y porta un arma. Este dispara y habla, dándose cuenta de que allí hay otros humanos. Curiosamente, también detectan humanos los que van en grupo por la calle pero no pasa lo mismo con los del monasterio, ya que nuestros protagonistas pasan entre ellos sin que les hagan caso. Aparte, tenemos al ciego del pueblo, que parece consciente de lo que sucedido y habla tranquilamente con los supervivientes. Según pasen lo minutos, acabará siendo un líder que arremeta contra los escondidos en la casona del placer. Y los que están allí tampoco es que puedan ver mucho ya que o se meten bajo tierra o intentar ver que ha sucedido, sin llegar a descubrirlo, subiendo al balcón. Y si queremos forzar la cosa, cuando aparezcan las fuerzas del orden, no les podremos ver los ojos por su protección en forma de gran casco. Tanta ceguera y todo a plena luz del día... o del destello de una explosión.

En la supervivencia postcatastrófica, tenemos a un líder de los ricos, Fulton (Alberto de Mendoza), que sabe cómo protegerse, cómo observar a las hormigas para saber si la radiación está ya cerca y cómo organizarse. Todo este derroche de saber no va a librar, como te imaginas, a los supervivientes. Pero antes de la muerte hay peripecias mil que podrás observar: las tensiones internas, los intentos de fuga, la organización de los invidentes que, a mayores, ya vuelven a hablar, gritando y arrojando piedras a los de la casa, el papel de líder del ciego del pueblo, la aparición del "séptimo de caballería" en un autobús que podría conducir a los que corren lejos del lugar a terreno civilizado y a las respuestas... y ese truculento final que a ritmo de Himno de la alegría, muestra la contundencia de las autoridades (imagino) tapando el asunto, literalmente. Este Himno es el cuarto, el último en la composición, movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Un fragmento bien conocido que abre y cierra la película, con esa contraposición entre lo que se ve y lo que se escucha, como uniendo en una maremagnum contradictorio la unión del ser humano en la tragedia y la muerte. Y es usado también en el momento en que amanece y la radio vuelve a la actividad de transmitir sonidos: el musical y el aviso de las autoridades cara los supervivientes: la guerra ha terminado, dicen, salgan a las carreteras principales. Ya en el autobús, sonará por penúltima vez, mientras la feliz pareja formada por Fulton y Clara, científico y prostituta, es gaseada.


La muerte, destino común que aquí se alcanza por la violencia, ya sea de los disparos, de pedradas o aplastamiento por masa, ya por la represión que el poder fáctico desplaza al lugar de la detonación para ocultar el percal. Y, así, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

La muerte, que desplaza su guadaña en un arco amplio, captando a todos, independientemente de su catadura moral. Lo que me hace recordar una frase de la película La campana del infierno: "En todas las tragedias tiene que haber una víctima inocente". 

 - Es usted un canalla.
- Cállate, perra.

 Y mientras la huesa ronda, la locura la precede, llevando a los desesperados a unirse tras un ciego para cazar a los poderosos, y tirando por el suelo a un señor médico que hace honores a la máscara que le ponen al entrar a la casa: la de un cerdo.

Paul Naschy en esta filmación come, bebe y fuma pero no acaba en la cama con ninguna fémina, pásmense, y aunque tenga protagonismo Nadiuska y otras conocidas del destape, no verás nada más allá de las transparencias de las gasas que cubren a las mozas y al top less de la citada, que queda oculto con un movimiento ascendente de la cámara, centrada en su rostro. Aquí tiene fuerza el argumento de suspense y terror, sin la añadidura de desnudos más o menos traídos a cuento. Incluso, las esperadas escenas de lésbicos es aquí más un amago que otra cosa.
 

 En cuanto a las autoridades, que siempre se mentan cuando algo malo pasa, aquí andan cumpliendo órdenes. En una curiosa escena, siendo la policía que para un coche para darle un recado: tiene que llamar urgentemente a su despacho. Y, al final, dando la callada por respuesta y, bien enfundados en unos trajes grises y blancos, tapando el asunto y a los muertos bajo tierra.

 
 - Una zorra menos. 


Para breve complemento y lectura más técnica, no dude usted en tomarse unos minutos más, minutos musicales si lo desea con la novena sinfonía de Beethoven, y con ella de fondo pásese por la querida abadía que tantos datos nos ofrece o por la colección dedicada a Naschy. Y páselo de miedo.