lunes, 9 de noviembre de 2015

Vista "El espanto surge de la tumba".

La verdad es que no estoy puesto en esto de las compañías que prepara y distribuyen el género y, por eso, me ha gustado que recordasen a Filmax en el FKM de A Coruña y poder leer, a tenor y temor de esta película, algo sobre la "Hammer española", Profilmes. Según parece, esta fue la primera película que produjo. Y fue la opera prima del director, Carlos Aured. Llega a ser director después de asegurar, ayudando a León Klimovsky en un largo, que si le dejaban a él esta película la terminaba antes. El productor se quedó con sus palabras y le dio la oportunidad, ofreciéndole un bajo presupuesto, un guión escrito en menos de dos días y la casa y exteriores de filmación en la sierra madrileña, en el pueblo de Lozoya y el hogar paterno de Jacinto Molina. Casa que, años más tarde, se aprovecharía para filmar El aullido del diablo (1988).

Médium canalizando a Alaric.
Si seguimos con los comienzos de algo, es también la primera de, al menos, las tres apariciones en cine por parte de Naschy del personaje Alaric de Marnac. Tras esta de 1972, aparecería en el 74 y el 83, en dos nuevos títulos.

Atardece en Ourense mientras escribo esta entrada.
Vamos adelante, mientras la tarde ourensana se vuelve de oro líquido en sus nubes y atenazan los brillos algunos trazos del cercano anochecer. Y lo hago desde las palabras de uno de los hombres de la película, un pintor que está a punto de comenzar una sangrienta y sobrenatural aventura. Esto dice: 

"Iremos contigo. 
Juntos emprendimos esta estúpida aventura 
y juntos la terminaremos".

Decapitación para Alaric.
Tal pintor acude a una sesión espírita en compañía de unos amigos y tiene visiones de una cara iluminada con un potente color rojo. El mismo que iluminaba al diablo, encarnado por Naschy, en El caminante (1979). Incluso la visión, que le da la inspiración para un cuadro, sangra sobre su obra recién terminada. ¿De quién es esa cara? ¿A quién han oído, transmitida su voz por una medium, alrededor de una mesa en la sesión de espiritismo? Al malvado brujo Alaric de Marnac. A este, junto a su compañera de sobrenaturales fechorías y antropófagos tentempies, Mabille de Lancré, veremos morir ente maldiciones al principio del largometraje. La escena, sobria, con un carro que transporta a los brujos, chirriando cara su muerte. Una voz en off avisándonos que estamos en Francia, en la Edad Media, en pleno terror a la peste y las maldiciones portadas por los hechiceros. Algo así como el inicio de Inquisición (1976), solo que aquí, Paul Naschy es brujo y no perseguidor de la herejía. Brujo y juez, pues en los mismos iniciales minutos es dos personajes en el mismo escenario. Luego, saltando ya a la época de la historia, será un tercer personaje. De todas, quédate con lo central, dos muertes traen sendas maldiciones y la promesa de regresar de entre los muertos para cumplir debida venganza y traer muerte a los familiares que les repudiaron y a los descendientes de los verdugos.

Colgada Mabille.
Siglos más tarde, un reencuentro, una sesión de espiritismo, unas visiones y el arrojo de un chulo Naschy, llevan a dos parejas a un paraje francés, a buscar el cuerpo de Alaric. Camino accidentado para llegar, un ambiente frío y tétrico en el exterior, contrapuesta al cálido interior de la casa, cerca del fuego de la chimenea y del cariño compartido. Y es que llegan a casa y encuentran la cabeza de Alaric, separada de su cuerpo para que no pudiese cumplir sus amenazas. 

Cantudo antes de ser zombi.
Lo que parecía el fin de la leyenda es el inicio del cumplimiento de las maldiciones de la pareja satánica. Alaric domina a quienes se le interponen para recomponer su cuerpo y salir del ataúd en un paródico levantamiento, lejos del solemne de Nosferatu. Las muertes se suceden y todo vale con tal de alimentarse del corazón humano, literalmente, y traer a la vida terrena a su esquelética, literalmente también, compañera. No faltarán una partida de zombis entremedio, contando entre sus filas a María José Cantudo, muerta pocos minutos antes en plena friega de platos. 

Los martillos de Thor, amuleto.
Alaric y Mabille descansan en sus ataúdes, esperando a determinada conjunción astral que les permitirá la realización de un gran rito, potenciando sus capacidades y satánicas artes. Pero, claro, antes de que el plantel de vivos baje más, aparece en escena un talismán que pondrá fin, debidamente usado, a los malvados redivivos: los martillos de Thor. Aquí pasamos ya a conocer el poder de tal colgante y la manera de usarlo contra Alaric. Para la bella Mabille hay que buscar un remedio que recuerda al mortal remedio que libera a Waldemar Daninsky de su maldición loba. 

La película se filmó en poco menos de un mes, el guion se escribió en poco más de un día y la película la disfrutas en cosa de hora y media. Mientras, se quedan en la mente, el chirriar del carro, sonido que para un gallego nos recuerda el pueblo en que nacimos, habitado hasta no hace tanto por estos transportes que tanto ayudaban en la vida agrícola. Tanto cariño se le tenía que no se decía que las ruedas chirriasen sino que cantaban. Y su canto se escuchaba mucho antes de verlo venir, tirado por un animal de carga como el burro o el buey. Otra reminiscencia me trae y es la historia de un beato ourensano, Sebastián de Aparicio. El joven franciscano, natural de A Gudiña, recala en México allá por 1533 y desarrolló para las cargas y las comunicaciones lo que había visto en su tierra, el carro tirado por bueyes.

Ale, que no por escribir más voy a compartir mejor, así que dejo hoy tres enlaces. El primero, la crítica y contextualización desde el querido blog abadiense; un segundo, comparando este filme con La noche de Walpurgis (León Klimowsky, 1970); ya, para terminar, una segunda crítica, con más tecnicismo y aportaciones personales.
Y que ruede la rueda.